El hombre que no tenía árbol

 

 ESCENARIO:

Calzada embaldosada que lo atraviesa en diagonal. Un par de árboles, altos y abundantemente poblados, en mitad de la calzada y separados entre sí seis u ocho metros. Algún banco. Algún poste de teléfono. Alguna farola. Al fondo, edificios, casas y chimeneas de una ciudad grande. El árbol del segundo término está ocupado por un hombre de edad avanzada que lee libros ávidamente. No hace caso de lo que ocurre a su alrededor. En el árbol que queda en primer término vive Zita.

           

 PERSONAJES:

 

ZITA:

 Hombre de unos cincuenta años.

 

CLARA:

Mujer joven.

 

URBANO:

Hombre joven.

 

Otros personajes pueden cruzar el escenario: niños que van a la escuela (los personajes callarán entonces, si los niños gritan), algún anciano que pasea, alguna mujer que va a la compra… Pero ninguno de ellos hará caso a los dos que viven en los árboles. Pueden dirigirse solamente a CLARA y a URBANO para decirles un “buenos días”.

 

             Mañana clara, soleada, luminosa. Zita, sentado sobre una rama de su árbol, desayuna tranquilamente. Tiene conectada una radio a todo volumen. Entra Clara. Mira a Zita.

CLARA: 

Buenos días, Zita. (Sigue caminando)

ZITA:

 (No la oye. Pero se la queda mirando)

CLARA:

(Se detiene. Da media vuelta. Observa a Zita. Ambos se miran. Señala la radio) ¿Han dicho qué hora es?

ZITA:

 (Baja el volumen) ¿Qué?

CLARA:

 La hora.

ZITA:

 Es temprano. Para ti y yo poder verte, siempre temprano. Aunque sea en silencio. (Sube el volumen y mira con cariño a Clara)

CLARA:

 Quita eso. He de decirte algo. Y… he de seguir.

ZITA:

(Cierra la radio. Mastica su desayuno) Seguir… Cuando puedes, de largo.

CLARA:

No es verdad.

ZITA:

Y eso que el asfalto sigue duro, ¿o no?

CLARA:

 Así sigue.

ZITA:

Y tu paz interior como él.

CLARA:

Sí, como él.

ZITA:

Ya sabes que la paz está reñida con la tierra.

CLARA:

Ya lo sé. Ahora deberías escucharme a mí.

ZITA:

¿Qué pasa que yo tenga que saber?

CLARA:

Pues…

ZITA:

No será nada, si dudas.

CLARA:

Sí es. Mañana…

ZITA:

Calla. ¿Lo adivino?

CLARA:

 No podrás.

ZITA:

Sí podré.

CLARA:

 No podrás, porque no te interesará saberlo.

ZITA:      

Malo. Confiaba en ti.

CLARA:

¿Ya, no?

ZITA:

 Todavía. Ahora aguardaré a que hables.

CLARA:

Mañana llega Urbano.

ZITA:

(Muy apurado) ¿Qué has dicho?

CLARA:

 Llegaré tarde. (Hace que se va)

ZITA:

Nunca se llega tarde. Espera. ¿Será verdad esta vez?

CLARA:

Su madre ha preparado natillas y ha matado un cerdo.

ZITA:

(Más apurado) Dios mío, un cerdo, y unas natillas.

CLARA:

 (Temerosa, pero interesada) Oye, Zita, ¿has conseguido ver alguno ya?

ZITA:

(No la oye. Igual de apurado. Para sí) Debería buscar unas ramas con las que taparme… ¡qué tontería! Tengo que cambiarme de árbol. Y antes de que llegue el otoño. 

CLARA:

Todo sería inútil.

ZITA:

No hay nada inútil. Y menos el otoño.

CLARA:

 Hazle frente.

ZITA:

El habla en nombre de la ley. Se ampara en ella. Y yo sólo me represento a mí mismo. Perderé.

CLARA:

 Pues no ha crecido árbol en el que puedas esconderte de Urbano.

ZITA:

(Grita) ¡Yo no me escondo de Urbano! ¡Es él quien me persigue porque vivo en un árbol! No le voy a dar las gracias. Buscaré uno muy alto, a donde no llegue su manaza.

CLARA:

(Asustada) No me chilles, Zita.

ZITA:

(Baja) No te chillo a ti, Clara, me chillo a mí. Lo que pasa es que tú lo oyes.

CLARA:

Pero estás hablando conmigo.

ZITA:

Nadie habla con nadie, sino consigo mismo. Nos gusta oírnos. Hay a quien le gusta oírse a todo pulmón.

CLARA:

Estás loco. Eso dicen.

ZITA:

 Dales la razón y no volverán a decirlo, aunque la tengan.

CLARA:

(Temerosa) Dime, ¿ya has visto alguno?

ZITA:

(La mira. Piensa. Cambia. Apurado) ¿Qué hora será? ¿Tendré tiempo todavía? ¿Tú ibas o venías?

CLARA:

Uy, llegaré tarde esta mañana. (Se mira el reloj)

ZITA:

(Con reproche) ¡Te has comprado un reloj!

CLARA:

(Enrojece) No…, bueno…, yo… (Baja la cabeza)

ZITA:

Has traicionado nuestros ideales. Tienes que haberte defraudado. ¿Qué opinas?

CLARA:

Es porque estaban hartos de que llegara tarde, en la oficina.

ZITA:

Y eso qué importa.

CLARA:

Para ti, que vives ahí subido, nada.

ZITA:

Tu oficina, sí. No tengo perdón. La memoria me falla. A veces no sé lo que digo. Casi nunca sé lo que digo, y en cambio lo digo. Debe ser que me estaré quedando sordo y no me oigo bien.

CLARA:

No digas eso, Zita. Tú para mí eres… como Urbano. Más que Urbano.

ZITA:

Yo ni soy ni quiero ser como Urbano. Ni más que Urbano tampoco. No, tampoco. Bastante tengo con intentar ser como Zita. Que tengas bastante tú también con este Zita. Si así me quieres, bien.

CLARA:

 Lo decía porque a él le echo en falta. A ti, no.

ZITA:

Pobre Urbano.

CLARA:

No me gusta que lo compadezcas. Es un hombre de arriba abajo. Me haces daño, ¿qué te he hecho? (Se sienta al pie del árbol)

ZITA:

¿Por qué vas a llorar?

CLARA:

¿Cómo sabes que iba a hacerlo? (Llora)

ZITA:

Cuando te sientas en esa postura al pie de madre es para llorar. Así te conocí.

CLARA:

 Ya no sé lo que hago. (Deja de llorar. Se incorpora) ¿Madre? (Da una vuelta alrededor del árbol) Siempre has dicho padre. ¿Por qué ese cambio?

ZITA:

La intransigente evolución…

CLARA:

…no perdona ni a la naturaleza, ya lo sé.

ZITA:

 ¿Para qué preguntas, si sabes todas las respuestas?

CLARA:

Me sé alguna. Poco más. (Breve pausa) Hoy llegaré tarde. Ya verás.

ZITA:

Hoy no llegarás.

CLARA: Como ayer.

ZITA:

¿Ayer no llegaste? No me acuerdo.

CLARA:

No pasé por aquí.

ZITA:

¿Y dónde estuviste entonces?

CLARA: ¿Tengo que contártelo todo?

ZITA:

En eso quedamos.

CLARA:

Pues yo no me acuerdo.

ZITA:

Porque te pasará como a mí, te fallará la memoria para lo que no quieras recordar.

CLARA:

Eso es mentira.

ZITA:

 Mentira: sí o no. ¿Y qué?

CLARA:

 No, y nada.

ZITA:

¿Has visto algún otro árbol? Alguno libre.

CLARA:

Vas a mudarte.

ZITA:

 Llega Urbano.

CLARA:

 Te lo he contado yo.

ZITA:

¿Sabes de alguno o no? Yo no puedo perder el tiempo. Ni Urbano tampoco.

CLARA:

Quedan pocos sin habitar.

ZITA:

 Alguno quedará.

CLARA:

Yo creo que no.

ZITA:

¿Pero tú lo has buscado?

CLARA:

Bien sabes que hago el mismo camino todos los días.

ZITA:

Pues cambia de itinerario.

CLARA:

 No nos veríamos.

ZITA:

Sólo para buscar ése árbol.

CLARA:

¿Cómo lo querrías: madre o padre?

ZITA:

 Luego ya le buscaremos la ascendencia. Tú búscalo.

CLARA:

¿Te vas a subir en un árbol sin saber dónde te subes?

ZITA:

(Para sí) Tengo urgencias. Tengo urgencias…

CLARA:

Da gracias que tú tienes árbol.

ZITA:

No es eso. Es que viene Urbano. Su madre ha matado a uno que era un cerdo y ha hecho también natillas. Sin sus natillas, Urbano no sabe plantarle cara a la vida. Luego esta vez es verdad: llega Urbano. Y Urbano conoce mi domicilio. Y Urbano vendrá a por mí.

CLARA:

La madre de Urbano no ha matado a nadie. Sólo un cerdo.

ZITA:

Pero, antes de estar muerto, sería alguien ¿no?

CLARA:

 Pues un cerdo, ya te digo.

ZITA:

Los dos hablamos de lo mismo. Nos entendemos ¿ves? Ya estamos con Urbano.

CLARA:

Eres desesperante. Le tienes miedo.

ZITA:

 Mentira. Nunca le he tenido miedo a nadie.

CLARA:

Yo sé de dos.

ZITA:

Porque estoy muy preocupado, Clara.

CLARA:

 Te tienes mucho miedo a ti mismo.

ZITA:

 ¿A mí?

CLARA:

 Por… si te caes mientras estás durmiendo.

ZITA:

Eso sí.

CLARA:

Después, a Urbano.

ZITA:

¿Miedo a Urbano?, no. Miedo al Urbano que… (Se corta)  Si Urbano es…

CLARA:

(Planta cara) Qué.

ZITA:

Nada.

CLARA:

 Dilo.

ZITA:

No. Te enfadarás.

CLARA:

 Te prometo que no.

ZITA:

Un hombre… problemático.

CLARA:

 ¿Sólo… eso?

ZITA:

¿Sólo? Es mucho. Es muy problemático. Totalmente problemático.

CLARA:

 Eso no es nada.

ZITA:

Te digo yo a ti que sí. Que yo lo digo como un insulto.

CLARA:

 Ni dicho así.

ZITA:

Me sé más insultos.

CLARA:

Si son como ese, ni que te supieras todos los insultos del mundo.

ZITA:

Pues a mí no me gustaría nada que me dijeran que soy un problemático.

CLARA:

Porque tú mismo crees que problemático significa algo. Y te falta mundo. Problemático tiene el mismo significado que mar, o que aire, o que fuego. Nada es nada, si no le buscas las cosquillas, nada se ríe…   

ZITA:

Clara…

CLARA:

 … nada se ríe…de nada. La risa es el llanto de la impotencia.

ZITA:

 Clara…

CLARA:

El refugio…, no: la guarida de la fe que una ha de tener en sí misma…,

ZITA:

(Grita) ¡Clara!

CLARA:

 …y por eso, sí, por eso se ríen tanto de mí y me descuentan sueldo los días que no voy a trabajar…

ZITA:

Te has hecho un lío tremendo, Clara.

CLARA:

…Se ríen de mí porque saben que prefiero perder dinero por estar

            aquí hablando contigo… 

ZITA:

¿Cómo saldrás? Has dicho demasiadas palabras seguidas.

CLARA:

Ya está. He terminado.

ZITA:

¿Lo repetirías?

CLARA:

Nunca. Es agotador.

ZITA:

 Eso ya lo sabía yo. ¿Por qué te crees que vivo aquí?

CLARA:

 A mí no es necesario que me lo cuentes, yo lo sé. Buscas…

ZITA:

¿Me buscarás un árbol vacío?

CLARA:

Ya te he dicho que era muy difícil. Tengo entendido que están todos ocupados. Si quisieras compartir uno, quizás…

ZITA:

¡Nunca!

CLARA:

 Eres un egoísta.

ZITA:

 Dile que lo regaré con orina todos los días tres o cuatro o cinco o más veces. Y que…

CLARA:

¿Qué tiene de malo compartir un árbol con otro?

ZITA:

No sé lo que tiene de bueno.

CLARA: Pruébalo.

ZITA:

 ¿Y si luego va y me gusta?

CLARA:

Ya sabrás más de ti.

ZITA:

No, que no. ¿Cuándo podría estar solo? ¿Y cuándo podrías venir a verme tú a solas? ¿No lo comprendes?

CLARA:

 Comprendo que si le tienes miedo a Urbano…, lo mejor para ti…

ZITA:

Que no le tengo miedo a él. Pero es un hombre tan agresivo… No pondría objeciones a hacer uso de su fuerza si lo considerara necesario. Y yo soy un poco endeble.

CLARA:

Y un mucho cobarde.

ZITA:

Sensato, dirás. Urbano es más fuerte y más grande que yo. Y más    joven.

CLARA:

Te compadeces de ti mismo.

ZITA:

No quiero saber qué intentas decir.

CLARA:

Te buscas excusas.

ZITA:

Todo eso lo comprendo, pero no lo acepto.

                        Clara se aleja del árbol.

ZITA:

¿Por qué te vas tan lejos?

Clara mira preocupada a Zita.

ZITA:

¿Qué te pasa?

                        Clara baja la cabeza.

ZITA:

¿Ensayas una postura nueva para el llanto?

CLARA:

No.

ZITA:

¿Entonces?

CLARA:

Es difícil…

ZITA:

Malo.

CLARA:

 No sé cómo decírtelo…

ZITA:

Peor

CLARA:

…para que no te ofendas.

ZITA:

Prefiero no escucharte ahora.

CLARA:

 Tendrás que hacerlo.

ZITA:

¿Y si no quiero? ¿Y si te digo que se ha acabado nuestra conversación?

CLARA:

 No conseguirás nada.

ZITA:

Venías ya dispuesta a esto, ¿verdad? Una ruptura, como si lo viera.

CLARA:

Viene Urbano…

ZITA:

¿Por dónde?

CLARA:

Que tiene que venir, digo.

ZITA:

Eso lo sabíamos desde el principio. ¿Por qué consentiste en tener una relación conmigo, si luego pensabas romperla?

CLARA:

Yo nunca he pensado eso de antemano.

ZITA:

Pues para no pensarlo, lo sueltas. ¿Cómo es eso?

CLARA:

No podremos vernos más.

ZITA:

Eso no lo has dicho.

CLARA:

 Lo he dicho. Lo repito si…

ZITA:

¡No!

 

 

(Si tiene curiosidad por leer lo que falta, no se prive: escríbame a

rbaguera@portalatino.net

y, con sumo gusto, se lo enviaré)