Un encuentro fortuito
ESCENARIO:
Un basurero.
PERSONAJES:
MENDIGO
Un hombre maduro de edad indefinida.
ELLA
Una mujer de unos 40 años, bien conservada.
Hay un sutil olor a basura que proviene del escenario.
Es una nublada mañana de invierno.
El mendigo está adormilado, tumbado entre bolsas de basura, cajas, desperdicios…
Al rato de haberse acomodado los espectadores,
el mendigo empieza a levantarse despacio.
Está sucio, aturdido, tiene la mirada perdida, el cuerpo abatido.
Abre y busca en varias bolsas de basura hasta dar con medio cigarrillo.
Se lo pone en los labios, prueba a encenderlo con algunos mecheros de esos de usar y tirar que lleva repartidos por los bolsillos de su chaqueta, como ninguno saca llama, los va desechando. Por fin consigue que uno encienda el cigarro.
Se sienta frente a un puñado de bolsas negras repletas de basura.
Se queda absorto mirando las bolsas.
Casi sin darse cuenta de lo que hace, canturrea suavemente:
MENDIGO:
(Da lo mismo que desafine como que no)
“No sé qué pasa que todo lo veo negro
Las flores, y mi amor también lo veo negro
Y si un negro mi camino quiere cruzar,
yo no lo veo por lo negro de mi mirar…”
Entra ella (que va vestida con pulcra extravagancia, sombrero, paraguas y con un abrigo negro como última prenda) de frente al mendigo. Al verlo, se detiene.
Lo observa atentamente.
El mendigo la mira, y canta de nuevo la estrofa; aunque ahora alza la voz con disgusto. Ella se decide y pasa por su lado, a prudente distancia. El mendigo, mirándola con descaro, sube a propósito el tono cuando llega a la parte de la letra que dice:
“Y si un negro mi camino quiere cruzar
yo no lo veo por lo negro de mi mirar”…
Ella, inquieta por el matiz del mendigo, se detiene de pronto, rebusca en una pequeña cartera y saca unas monedas. Las deja caer al lado del mendigo y continúa su camino con paso indeciso, mirando de reojo hacia atrás.
MENDIGO:
(Deja de cantar. Mira las monedas. Pensativo) También lo hago mal…
ELLA:
(Se detiene otra vez. De espaldas al mendigo. Aterrorizada. Con un hilillo de voz) ¿Qué…?
MENDIGO:
(Reacciona. Mira en dirección a la mujer) No… iba con usted.
ELLA:
(Con su voz atiplada) ¿Cantar…? No… Si… cantaba con… ganas.
MENDIGO:
(A sus bolsas. Pensativo) Sí…, con bastantes.
ELLA:
(Igual) También con… rabia.
MENDIGO:
(Igual) Con mucha.
ELLA:
(Igual) Perdonará la sinceridad.
MENDIGO:
(Sale del ensimismamiento) Bah… La sinceridad se acepta o no se acepta. Yo la prefiero.
ELLA:
(Igual) Claro, claro. Se canta bien o… se canta mal. O… regular. O… con rabia. Y usted… ¡ay, no sé!
MENDIGO:
O… fatal.
ELLA:
(Igual) ¿Qué…?
MENDIGO:
Que es otra de las variedades de canto: el canto fatal. Y yo he escogido esa modalidad, ¿verdad?
ELLA:
(Igual) Usted lo dice. Usted sabrá.
MENDIGO:
(Mira las pocas monedas) Y usted me lo ratifica.
ELLA:
(Igual) ¿Yo? No; no, señor. De mi boca…
MENDIGO:
Por su bolsillo, digo.
ELLA:
(Igual) Es que mi bolsillo es flaco. Y no entiende de canciones.
MENDIGO:
Ya. Y yo he escogido el canto fatal por culpa del flaco favor del maldito tabaco. (Con intención, escupe ruidosamente. Ella se asusta más)
ELLA:
(Igual. Para sí) Ah, Dios mío. Me va a matar, seguro. Me va a matar. Hoy… precisamente. ¿Quiere… quiere más dinero…? (Temblando, saca otras cuantas monedas y las arroja de espaldas en dirección al mendigo. Unos pocos billetes se los mete por el escote)
MENDIGO:
(Al caerle unas cuantas monedas sobre la cabeza) ¡Joder!, quien me va a matar es usted a mí… (Se corta. Medita. Para sí) Antes de…
ELLA:
(Igual. Lo corta) No, no. Ya no me queda nada más suelto…
MENDIGO:
(Pensativo) ¿Qué…?
ELLA:
Que ya no me queda nada más suelto.
MENDIGO:
(Igual) Si hubiera tirado de las más gordas…, quién sabe… (Mirando una pequeña moneda que ha cogido)
ELLA:
(Se lleva una mano al escote) Ni… agarrado tampoco, no señor. Ya no me queda nada. Si quiere, usted me espera aquí y yo voy a mi casa y…
MENDIGO:
(Mira en dirección a la mujer. Cambia) ¿Piensa seguir así toda la mañana?
ELLA:
(Aterrada, tiembla) ¿Cómo?
MENDIGO:
Ahí, de pie… y hablando sin parar.
ELLA:
Es que… yo iba para allá. (Señala, pero no se mueve)
MENDIGO:
Bueno, bueno. Allá usted. Que lo pase bien. Pero acuérdese de una cosa: estas monedas que deja aquí tiradas, mañana puede necesitarlas.
ELLA:
(Se tranquiliza) ¿Usted no?
MENDIGO:
Si fuera a tener un mañana… también.
ELLA:
(Se vuelve despacio, con miedo) ¿Qué… ha querido decir?
MENDIGO:
¿Con qué?
ELLA:
Con eso de que si tuviera un mañana.
MENDIGO:
(La mira unos segundos y retira la mirada) Pues… (Se mira la vestimenta) que no. Que no… las quiero.
ELLA:
Desde luego no se las merece.
MENDIGO:
¡Hombre!
ELLA:
Nada, ni una. Canta usted como… Eso que ha dicho del canto fatal. No lo ha escogido usted, sino que él parece como si le hubiera escogido a usted.
MENDIGO:
¿Ah, sí?
ELLA:
Pues sí.
MENDIGO:
Cosas que pasan…
ELLA:
Y que mejor no pasaran. Puede asustar a alguien.
MENDIGO:
Bueno, yo no quería asustar a nadie. Cantaba… porque sí.
ELLA:
Pues ese porque sí suyo, puede ser la pesadilla de alguno.
MENDIGO:
(Confundido) No es corriente que pase por aquí gente…
ELLA:
Ya ve usted. No es corriente, pero tampoco imposible.
MENDIGO:
Gente como… usted.
ELLA:
¿Como yo? ¿Y qué tengo yo?
MENDIGO:
No… Usted parece que tiene de todo.
ELLA:
Qué sabrá usted lo que yo tengo o dejo de tener.
MENDIGO:
Por su aspecto…
ELLA:
Qué.
MENDIGO:
(Va a decir algo pero se detiene) No… nada. Siga usted su camino.
ELLA:
Ay, ¿por qué?
MENDIGO:
(Desconcertado) ¿Cómo que… por qué?
ELLA:
Sí, sí, que por qué.
MENDIGO:
Oiga, señora, si lo que tiene son ganas de cháchara, llame a otra puerta. La mía está… cerrada.
ELLA:
¿De hablar, yo? Ninguna gana. Yo venía de pasearme, tranquilamente. Y usted me ha provocado con esa canción suya, cuando he…
MENDIGO:
¿Que yo la he provocado?
ELLA:
Usted sabe que sí. Y yo también. Así es que no disimule ahora. O pídame disculpas.
MENDIGO:
Oiga, déjeme en paz.
ELLA:
Y si por lo menos fuera un placer oírle a usted cantar… Pero yo, desde luego, es que no había oído cantar tan mal desde… (Hace un gesto con la mano)
MENDIGO:
(Grita) ¡Ya está bien! ¡Yo no estaba cantando para que la primera… mojigata que pasara me tirara monedas, y menos a la cabeza! ¡Cantaba sin gana! ¡Cantaba porque me salía de los… orificios nasales!
ELLA:
(Mira al mendigo con los ojos muy abiertos. Abre la boca todo lo que puede. Se lleva una mano a la frente, se tambalea a punto del desmayo) Oh.
MENDIGO:
¿Le pasa a usted algo? (Se levanta)
ELLA:
(Al ver acercarse al mendigo sale despavorida hacia otro sitio. Se detiene. Y sigue con su desmayo) Oh, oh.
MENDIGO:
Mujer… que se va a caer. (Va hacia ella)
ELLA:
(La misma operación) Oh, oh.
MENDIGO:
(Se detiene. Grita) ¿Me está usted tomando el pelo?
ELLA:
Oh, oh… ¿Cómo… cómo puede hablarle así a una… mujer que está a punto del desmayo?
MENDIGO:
(Grita) ¡Es que parece como si no se decidiera usted por el sitio, y como eso no me lo creo, me pone nervioso! (Avanza hacia ella)
ELLA:
(La misma operación. El mendigo se detiene) Oh, no grite, no grite. Los gritos, hechos palabra, son la bestia de lo que queda en nosotros.
MENDIGO:
(Grita) ¡Y una mierda! ¡Mira por dónde me sale la… maniquí esta! (Echa a andar hacia ella)
ELLA:
¡Quieto! (El mendigo se detiene) ¿Maniquí?
MENDIGO:
Eso he dicho, sí.
ELLA:
¡Oh! (De sorpresa) Oh… (De desmayo)
MENDIGO:
(Se mueve)
ELLA:
¡No se mueva usted de ahí! (El mendigo se encoge de hombros. No se mueve)
MENDIGO:
Pero usted tampoco. Si quiere desmayarse hágalo ahí mismo, como a mí me pillará aquí no tendré remordimientos si se rompe la cabeza.
ELLA:
De acuerdo. De acuerdo. Pero deje a su bestia dormida. Déjela que duerma para toda la eternidad…
MENDIGO:
(Gesticula, sin entender)
ELLA:
¿Es… mucho pedir?
MENDIGO:
Un rato largo, para toda la eternidad. Y con lo que a mí me gusta gritar…
ELLA:
(Confidencial. Ensoñadora) Escuche…
Silencio.
MENDIGO:
Qué.
ELLA:
(Muy atenta a lo que esté escuchando) Calle. Y escuche… Escuche…
El mendigo lo hace.
Silencio.
Ella parece deleitarse con lo que oye.
El no comprende nada. Ella cierra los ojos y balancea una mano frente a sí.
MENDIGO:
(Se acerca sin que ella se aperciba. La toca en un hombro con un dedo) Oiga…
ELLA:
(Al verlo tan cerca. Aterrada) Aaaah…
MENDIGO:
(Se asusta del otro grito) Aaaah…
ELLA: Oh.
(Se desmaya. Al caer, le da un golpe en la cabeza al mendigo con el paraguas, que también cae al suelo)
MENDIGO:
Ah. (Cae)
ELLA:
(En el suelo) Ay, ay, ay… mi cabeza… ha hecho crac.
Silencio.
Ambos se reponen al mismo tiempo.
ELLA:
(A gatas) (Ha dado un extraño cambio: en gestos, voz, movimientos… Ya no tiene miedo al mendigo y parece una mujer simpática, desenvuelta y nada remilgada) ¡Hola!
MENDIGO:
(También a gatas) ¿Hola?
ELLA:
¿Se puede decir hola, como una pregunta? Pues… no sabría qué responderle.
MENDIGO:
¿Qué le pasa a usted?
ELLA:
(Aturdida) ¿A mí? Nada. ¿No se dice hola cuando se encuentran dos personas por la calle?
MENDIGO:
Eso, por la calle.
ELLA:
(Mira el lugar) ¿No estamos en la calle?
MENDIGO:
(Duda) Sí…
ELLA:
Pues ya está. A ver.
MENDIGO:
(La mira con extrañeza) Parece usted otra…
ELLA:
¿Otra? Otra… ¿qué?
MENDIGO:
Pues… no sé. A mí me ha llamado a confusión, sus trazas de hablar de antes, señorita…, señora…
ELLA:
¿Y cuándo he hablado yo?
MENDIGO:
(La mira con atención. No sabe ni que está hablando) Antes… Antes… de… Está como… transformada.
ELLA:
Uy, no sé de qué se sorprende. Todo se transforma constantemente, ¿no lo sabía? A ver. (Se sienta en el suelo) Mire: por ejemplo, pone una palabra detrás de otra, y va y forma una frase. Así, como el que no quiere la cosa. Pero, en cambio, si utilizase las mismas palabras colocándolas en otro orden distinto, variaría totalmente el sentido de la frase. A ver. Luego, la frase tendrá o no tendrá sentido… será comprensible o incomprensible, eso; le gustará o no, pero la frase ya la tiene transformada. (Por el gesto del mendigo) Sí…, de verdad… Y pasa lo mismo con las nubes. ¿Se ha fijado en las nubes? Pues mire: de parecer un perro ahora mismo de ahora mismo ¿no?, las nubes, pues en cuanto las mueve el viento un poco, se transforman en un bosque blanco y gris ahora mismo de ahora mismo también. Y ya me dirá usted que tiene que ver un perro con un bosque… A ver. ¿Por qué pone esa cara? ¿No se había fijado en lo de las nubes?, ¿ni ha probado a cambiar de sitio las palabras?, ¡pobre!, se está perdiendo la mitad de la vida. A ver. (Mira hacia arriba) Ahora es que está totalmente cubierto, a punto de llover. Si hiciera un día de esos azules y brillantes con vientos altos de esos que arrastran las nubes de un lado para otro, se lo demostraría. Pero es que está demasiado nublado… (Por la cara del mendigo) ¿No le gustan los cielos tampoco? Pues los cielos son el techo universal. A ver.
Vuelve a colocarse a gatas. El mendigo sigue en esa postura.
ELLA:
Bueno, cuando usted diga.
MENDIGO:
(Confundido) Cuando yo diga, ¿qué?
ELLA:
¡Un momento! (Se despoja del abrigo. Se coloca a gatas) ¡Ya!
MENDIGO:
(Igual) ¿Ya…?
ELLA:
La carrera.
MENDIGO:
(Igual) ¿Qué… carrera?
ELLA:
Hombre de dios, qué infinitamente despistado es usted. ¡No le gustará que le rueguen! Porque si es una de esas personas a las que les gusta que le rueguen, a mí usted no me conviene como compañero de viaje. Aunque sea en un viaje de competición. A ver.
MENDIGO:
No comprendo…
ELLA:
No, si no hay nada que comprender. (Enfadada) ¿Pues qué hacemos los dos así, sino prepararnos para echar la carrera?
MENDIGO:
(No sabe a qué atenerse. No se mueve. La mira boquiabierto)
ELLA:
(Se prepara para salir) ¿Da usted la señal de salida o qué? Me voy a cansar.
MENDIGO:
Pero…
ELLA:
¡Espere, no vale! Déme ese sombrero (Se refiere al suyo, que se le cayó. El mendigo se lo acerca. El la mira con recelo) Es por si saliera el sol sin avisar. No vaya a recalentárseme la cabeza durante la carrera.
MENDIGO:
Pero que está usted diciendo de carreras ni carreras… ¡Para carreras…! Que yo no quiero echar ninguna carrera. (Se levanta)
ELLA:
¿Cómo que no? No puede arrepentirse. Ya está en la lista. Total, una carrera más o menos… ¿O es que es usted un cobarde?
MENDIGO:
(Empieza gritando y sigue por lo bajo) ¡Yo no soy un cobarde!, pero no tengo ganas de correr… Y menos a cuatro patas…
ELLA:
(Grita) ¿Cuatro patas? ¡Cuatro patas las tendrá usted, señor corredor! ¡Yo iba a gatear!, pero lo más rápida que pudiera, ¿entendido? ¿Es que no hace deporte? Pues no tendrá muchos amigos hoy día…
MENDIGO:
(Se contiene. La señala con un dedo) ¡Cállese! ¿Me oye? ¡Cállese!
ELLA:
Puede señalarme todo lo que quiera con un dedo o con dos o con todos los dedos que usted tenga a mano, a mí no me molesta, no. (Grita) ¡Pero no me grite, que yo también puedo gritar y no grito! ¿Se ha enterado, bien enterado?
A ver.
MENDIGO:
Ya… no le asustan los gritos. Como los da usted…
ELLA:
¿Asustarme? ¿Cuándo me han asustado a mí los gritos?
MENDIGO:
Hace un rato estaba…
ELLA:
¿Qué gritos? No se busque más excusas. ¡Sitúese en posición de salida! ¿No estábamos los dos preparados? Pues acabemos cuanto antes, ¿o voy a estar esperándole toda la tarde?
MENDIGO:
¿La tarde?… Pero… si estamos por la mañana.
ELLA:
¿Por la mañana?
MENDIGO:
(Mirándola con tristeza) Sí.
ELLA:
Yo estoy por la tarde. Usted estará por la mañana, bueno.
MENDIGO:
Que estamos por la mañana, mujer…
ELLA:
¿Me meto yo con su mañana de usted? Pues deje en paz mi tarde. Si usted puede continuar con su mañana toda mi tarde, toda su tarde y nuestras dos noches juntas… A ver. Pero que le quede claro que yo estoy por la tarde. Ya sabe. ¡Vamos, venga aquí!
MENDIGO:
Oiga, que eso de la carrera se lo está inventando usted… Que…
ELLA:
¿Inventando? Usted estaba aquí a mi lado, a gatas, listo para echar la carrera.
MENDIGO:
(Afligido) Me temo… lo peor.
ELLA:
¿Tiene miedo a perder? Lo peor que le pudiera pasar es que llegara el segundo. No cuento muchos más corredores en el punto de salida.
MENDIGO:
Si no lo digo por mí, sino por usted.
ELLA:
Ah, si gana usted, yo llegaré la segunda. No me importa. Y no tengo tan mal perder, como para que tema alguna represalia…
MENDIGO:
(Confundido) Que yo no hablo de carreras, mujer.
ELLA:
¿De qué entonces? (Piensa) ¿Tiene usted necesidad de ir al lavabo antes de empezar?
MENDIGO:
¿Yo?
ELLA:
Pues vaya usted, vaya. (Se sienta en el suelo) Yo le esperaré a que termine. ¿Es usted de los que se eternizan en el lavabo?
MENDIGO:
Pero ¿qué dice?
ELLA:
Ay, ¿qué he dicho? Me confunde usted con tanta indecisión.
MENDIGO:
(Confundido) Pues… yo que sé. Lo del lavabo y…
ELLA:
¿Es que no va usted al lavabo, aunque sea de uvas a peras? Porque si no va al lavabo nunca de nunca debería visitar algún médico. Yo, cuando voy al médico, lo primero que hago antes de entrar en la consulta es buscar un lavabo; y al salir, también. Es que los médicos me ponen enferma del vientre, sabe. Antes y después. O sea, siempre. Me lo aligeran, me lo aligeran, y yo tengo que aligerarme también el paso si quiero llegar a tiempo a un lavabo. Será una especie de alergia o algo así. A ver.
MENDIGO:
(Totalmente confundido) Oiga…
ELLA:
Dígame.
MENDIGO:
¿Le duele la cabeza?
ELLA:
¿Es usted médico? Me comprenderá, pues.
MENDIGO:
No…, no soy médico. ¿Pero le duele?
ELLA:
El qué.
MENDIGO:
La cabeza.
ELLA:
¿A mí? Dicen que la cabeza no duele. Bueno, doler sí duele, pero no es la cabeza en sí misma. Duele la cabeza porque a lo mejor se tiene malo el estómago ¿no?, y entonces… Entonces, pues nuestro cuerpo, que es muy listo, nos manda el dolor arriba, a la azotea, o sea, a la cabeza, para que sepamos que tenemos el estómago malo. Lo que también pasa es que no nos enteramos de qué es lo que tenemos malo más abajo de la cabeza cuando nos duele la cabeza. Eso, también. Pero ¡fíjese si supiéramos darnos cuenta!, ¿eh? Por ejemplo: que a alguien le doliera la cabeza y tuviera la certeza que era… de un pie. Pues no se tomaría una aspirina o no molestaría al médico de la cabeza, iría directamente al callista. El callista le quitaría el callo y se le acabaría el dolor de cabeza. Y además, tendría un callo menos; que eso anima, sobre todo al echarse a andar. Es lo que yo digo: la mitad de las veces vamos al médico equivocado. (Al ver la cara de estupefacción del mendigo) No sé si usted me entiende lo que yo quiero decir. Con esa cara que pone, cualquiera diría que estoy diciendo algo muy complicado. Y no sé si no me entiende porque yo no me explico lo suficiente o porque a usted se le escapa lo que yo quiero decir. Eso, pasa. Una intenta de buena fe expresar algo ¿no?, lo que sea, vale lo que sea, pero a quien se lo dice, al que tiene enfrente, está pensando en otra cosa y no se entera de nada, o sólo oye la mitad de lo que le dicen, y entonces pues como sólo se entera de la mitad y suele ser la peor de las dos mitades, pues se enfada mucho casi siempre con quien se lo está diciendo. ¿Cuál es su caso de usted? (El mendigo intenta decir algo) Y es que el que se lo dice no tiene culpa de que el otro esté en otro sitio con su mente. A ver. La mente es que es tan complicada… Una vez vi en una película la mente por dentro ¿no?, así, sin pelo ni nada, y tiene una de huesos y de sesos que si usted lo viera no se lo creería. Y no estoy exagerando, no. Si pudiera yo abrirme la cabeza para enseñársela, me la abriría. Pero ahora no tengo ganas de quitarme el sombrero.
MENDIGO:
(Se balancea, quizás de agotamiento) Pero le duele, ¿verdad?
ELLA:
(Sonríe) De sobras sabe usted que los sombreros no se duelen… Los míos nunca se me han quejado, no, no.
MENDIGO:
Digo lo que tiene debajo del sombrero.
ELLA:
Si ya le he respondido.
MENDIGO:
Pues no me acuerdo, mire usted, señora, de lo que me ha respondido.
ELLA:
Pues… yo no tengo callos, a Dios gracias. Y el estómago también lo tengo muy saludable…
MENDIGO:
(Alza la voz, luego se contiene) ¡Y qué tiene que ver el estómago o… los pies, digo yo! (Baja) En este… momento.
ELLA:
(Entristecida. Derrumbada, porque el mendigo no la comprende) No me ha escuchado. Bueno, también puede no haber entendido lo que le he explicado. O yo no me he explicado lo suficiente. Nunca me explico lo suficiente. Quizás si yo se lo pudiera enfocar desde otra esquina…
MENDIGO:
No empiece ahora con las esquinas, por favor. Usted ahora mismo sería capaz de encontrar esquinas hasta… en una plaza de toros.
ELLA:
¿Las plazas de toros? Pues también tienen esquinas, sí señor.
MENDIGO:
(Grita) ¿Le duele o no le duele?
ELLA:
Ay. ¿Tendría que dolerme a mí algo ahora por algo que yo no sepa?
MENDIGO:
Es… posible, por los síntomas.
ELLA:
¿Qué síntomas?
MENDIGO:
(Pensativo) ¿Eh?
ELLA:
¿Lo ve? No nos escuchamos. Si yo eso lo sé. Dos palabras le he dicho, dos.
“Qué” y “síntomas”, y usted no se ha enterado de ninguna. ¿A que está pensando en otra cosa?
MENDIGO:
Sí, eso es cierto. (Va de un lado a otro, pensativo)
ELLA:
Ya lo sabía, ya. ¿Está nervioso, verdad? Se le nota. Yo, al menos, se lo noto.
Mueve un pie y luego otro, así va. Usted es que no se fija en cómo lo hace, pero lo hace.
MENDIGO:
A esto se le llama caminar.
ELLA:
Caminar nervioso, eso es.
MENDIGO:
Caminar. Y ya está.
ELLA:
¿Y en lugar de ir de aquí para allá, como si fuera a aparecérsele uno de repente en mitad del recorrido, por qué no va directamente a uno cualquiera?
MENDIGO:
¿Ir…?
ELLA:
Al lavabo.
MENDIGO:
¡Váyase usted a..!
ELLA:
Oiga, que quien tiene ganas de buscarse un lavabo es usted.
MENDIGO:
(Grita) ¿Pero quién le ha dicho a usted que yo tenga ganas de…?
ELLA:
Voy a entrenar, mientras le vienen las ganas… o decide a qué médico piensa ir. (Gatea)
MENDIGO:
(Para sí) Esta mujer está loca. O ha enloquecido aquí. Está mucho peor que Faustino y yo juntos.
ELLA:
(Se tropieza con las monedas) Oh, dinero. ¿Es suyo?
MENDIGO:
No, suyo.
ELLA:
¿Mío? ¿Y cómo sabe que es mío si está por el suelo?
MENDIGO:
Porque usted me lo había dado…
ELLA:
¡Entonces no es mío, es suyo!
MENDIGO:
No, es suyo. Yo no se lo he aceptado.
ELLA:
¿No? (Lo mira de arriba abajo) Me extraña…
MENDIGO:
Pues que no le extrañe. Así ha sido.
ELLA:
¿Por qué…?
MENDIGO:
No… le im