La celebración

 

 

  ESCENARIO:

 Un vertedero. En donde además de las basuras propias hay formada una asimétrica caseta hecha con chapas, en la cual se ve un ventanuco del que sale la exigua luz de una bombilla. En alguna parte, una palangana oxidada sobre un armazón de hierro. Varias garrafas. Y humea un pequeño fuego, que brota del interior de un viejo brasero o de un bidón.

 

          PERSONAJES:

 

                                    MUNTSA: Mujer de mediana edad.

                                   AFRO: Hombre anormal (distinto a lo que la mayoría entendemos como normal) Mediana edad. Obeso.

   Mañana gris, de invierno.

 De un lateral llegan ruidos de cristales rotos y botes que ruedan. Al momento, aparece Muntsa. Muy cansada, arrastra los pies. La cara sucia. Viste pantalón, jersey, gabardina, sombrero y guantes; calza botines. Todo muy desgastado. Ninguna pieza tiene que ver con otra. Carga con una mochila descolorida en una mano, de la que cuelga lo que fue un paraguas: las varillas oxidadas, un trozo de tela negro agujereado y una empuñadura rota y anticuada. En la otra mano lleva varias bolsas, unas de tela y otras de plástico, llenas de cachivaches. Avanza lenta y cautelosamente, con la vista clavada en la puerta de la caseta. De repente, a su espalda, se ve un fogonazo y suena un gran estampido. Muntsa cae redonda el suelo, boca abajo. De entre uno de los montones de basura, sale Afro con una escopeta. Como ella, va andrajoso: cazadora ajada, pantalones de dudosa tela, botas rotas…

AFRO: (Ríe tontamente. Su peculiar risa) Ja, vaya un susto, ¿eh? De él no te libra nadie. (Ríe) ¿Pues qué te creías? Afro tiene dos orejas, como todo el mundo. Pero mientras una la lleva siempre encima, (ríe), la otra se la deja siempre también en lo alto del terraplén. Por si acaso alguien quiere comerle terreno a Afro. (Se va acercando a ella muy despacio. Mirándola a ella, para sí) Por la pinta, con lo flaco que está, a este el susto va a durarle no menos de media hora. Tiempo de sobra. Que nunca lo regalan.

Tranquilamente, comienza a abrir bolsas y a apartar cuanto le gusta: alguna camisa usada, un pedazo de tela, un pequeño cazo… Encuentra un libro, lo analiza por un lado y otro y lo tira por encima del hombro. Tras arrimarse un reloj a una oreja, lo arroja con insatisfacción al mismo sitio que el libro: una zona del vertedero en la que Afro arroja la basura de las basuras.

AFRO: ¡Cuánta cosa inútil guarda la gente! (Por la mochila) Aquí deben estar las cosas personales... (Soñador, la acaricia exteriormente. Ríe) Lo más valioso... Al menos, para él. Luego veremos si lo que él considera valioso, yo también lo considero valioso... Es todo tan raro hoy en día... Con tantas basuras por todas partes... Esto para luego. (Aparta la mochila a un lado)

Termina con el registro de algunas bolsas, y palpa los bolsillos de Muntsa.

AFRO: Nada, ni un pañuelo. (Ríe) ¿Con qué se sonaría los mocos este hombre? Aunque sí que es verdad que es una guarrada eso de guardarse los mocos en un bolsillo, como si luego sirvieran para algo... (Ríe)

                        Empuja a Muntsa y la sitúa boca arriba.

AFRO: (Sorprendido. Boquiabierto) ¡Muntsa!

MUNTSA: (Sin cambiar de postura) Muntsa, sí.

AFRO: (Más sorprendido) ¡Muntsa! (Ríe nerviosamente)

MUNTSA: (Igual) Desde esta posición sólo veo barriga.

AFRO: (Con disgusto) ¡Ya empezamos!

MUNTSA: ¿La barriga que veo es de Afro, no?

AFRO: (Con más disgusto) Sí, es de Afro.

MUNTSA: ¿Entonces a qué viene el repetir mi nombre como si estuvieras viendo un fantasma?

AFRO: ¿No lo eres?

MUNTSA: No lo soy.

AFRO: Pues lo repito y lo repito porque me has asustado.

MUNTSA: Tú disparas y tú te asustas.

AFRO: No es eso.

MUNTSA: ¿Pues tanto me ha cambiado la voz?

AFRO: Tampoco es eso. Es que pensaba que estabas desmayada.

MUNTSA: (Se sienta en el suelo) "Desmayado", Afro, porque creías que era un hombre. Por los vertederos no suelen andar las mujeres.

AFRO: ¿Y qué más da? El susto es susto. Lo mismo tiene que provenga de la voz de un hombre que de la de una mujer.

MUNTSA: (Sonriéndole, con vieja confianza) Pero si la voz de esa mujer es la de Muntsa...

AFRO: (Piensa. Pausa) Pues el susto es todavía mayor.

MUNTSA: Porque no me esperabas.

AFRO: Porque no te esperaba. (La mira con cariño. Ingenuamente) ¿Tú crees    que si hubiera sabido que eras tú hubiera disparado?

MUNTSA: (Primero sonríe, luego medita, y su semblante se torna serio) Con bala de fogueo, como es tu costumbre para luego desvalijar al desgraciado, no; seguro que no. A lo mejor... A lo mejor hubieras utilizado un cartucho de los de verdad. Uno de esos que te dejan el cuerpo todo hecho añicos. (Para sí. Aparte. Entre dientes. Pensativa. Triste) Y me hubieras hecho un favor...

AFRO: ¿El cuerpo hecho... añicos? (Ofendido) ¿Yo? ¿Afro? ¿Así lo piensas o así lo dices?

MUNTSA: (Para fastidiarlo, pero cariñosamente) Ambas cosas, Afro. Eres rencoroso por naturaleza.

AFRO: (La mira un instante, se entristece. Le da la espalda y se mete en la caseta. Para sí) Muntsa acaba de llegar... Y llega recordándome, no: diciendo que soy un rencoroso...

MUNTSA: (Con un puño, golpea al aire. Con fastidio) ¡Va, Afro, no empieces!    Me fui por eso. ¿No te acuerdas? Tu manía de meterte en la caseta y   no salir en días. (Para sí) Si al menos entonces hubiera tenido el consuelo de que lo hacías para pensar... Para pensar en cómo arreglar el mundo... por ejemplo.

 AFRO: (Desde dentro) ¿El mundo? ¿Qué mundo? ¿Tan mal has encontrado el vertedero?

 MUNTSA: (Mira a un lado y otro) No... Está... normal.

 AFRO: ¡Pues entonces! ¡No quiero más conversación!

 MUNTSA: (Alza la voz. Suplicante) Afro, vuelvo muy cansada. (Para sí. Pensativa) Y muy...

AFRO: (Desde dentro. Terco. Casi con voz de niño) Pues descansa un rato. Y luego vuelve a irte. Cuando oiga adiós, saldré. Y yo te diré también adiós con un trapo en la mano. Te harás la ilusión de que te despido... Como la otra vez.

MUNTSA: (Igual) Afro, ¿puedo entrar?

AFRO: (Igual) Tuviste tu oportunidad. Eso ya pasó. No, no puedes entrar.

MUNTSA: Es que... tengo mucho frío.

AFRO: Es natural. Hace mucho frío.

MUNTSA: Pero seguro que tú no tienes tanto como tengo yo... (Alza la voz, con intención) Con tus calorías...

AFRO: (Sale rápidamente de la caseta. Se planta frente a Muntsa) ¡Coge tus cosas y lárgate! ¡Ya mismo! ¡Venga, fuera de mi vertedero!

MUNTSA: ¿Lo dices en serio?

AFRO: ¿Ves que me ría?

MUNTSA: (Con cansancio) Afro...

AFRO: Sí, eso te dice Afro, que te largues.

MUNTSA: Pero si acabo de llegar.

AFRO: Acabas de llegar y ya me estás insultando.

MUNTSA: ¿Yo? ¿En qué te he faltado yo?

AFRO: ¡Rencoroso! ¡Y gordo!

MUNTSA: Lo de rencoroso, es cierto. Luego no es falta.

AFRO: (Amenazante) ¿Cierto?

MUNTSA: (Lo mira, piensa) Un poco..., sí.

AFRO: Bueno..., si sólo es un poco... (Breve pausa) ¿Y lo de gordo?

MUNTSA: Eso... ya es más delicado...

AFRO: ¡Y tan delicado! ¿Pero lo has dicho?

MUNTSA: Así como tú lo piensas..., no es verdad... del todo.

AFRO: (Piensa) Cuando has dicho lo de... calorías... Porque yo sé que calorías es… es… Tú me dijiste que calorías… No me acuerdo lo que dijiste, pero tenía su aquél lo de gordo y lo de calorías…

MUNTSA: (Muy cansada. Lo corta) Cuando he dicho lo de las calorías, me refería a las calorías. Nada más que a ellas. Es que eres tan susceptible... (Con intención) Y como estás tan gordo...

AFRO: ¿Lo ves? ¿Lo ves? Lo has dicho, acabas de decirlo una vez más.

MUNTSA: Sí, acabo de decirlo. Pero no una vez más, sino la primera.

AFRO: ¡Pero lo has dicho! ¿Lo admites o no lo admites?

MUNTSA: Lo admito: lo he dicho.

AFRO: (Satisfecho, sonríe) Ya sabía yo que era raro que estuviera equivocándome.

MUNTSA: (Pasándose una mano por la cara con gesto de cansancio) Pero lo he dicho cuando yo he dicho que lo he dicho, y no antes.

AFRO: (Su risa) Bueno, el orden ya da lo mismo. Lo has admitido: tengo razón.

MUNTSA: (Su cansancio…) Sí, Afro, tienes razón. (Más flojo) Y ningún sentido del humor...

AFRO: Eso del sentido del humor no quiero saber qué es, por si acaso no me termina gustando. Pero ¡qué orgulloso se siente uno cuando tiene razón! (Pensativo) ¿Tú has sentido esto mismo alguna vez?

MUNTSA: (Igual) ¿El qué?

AFRO: ¿Es que no me estabas escuchando?

MUNTSA: Sí, sí, te escuchaba.

AFRO: Pues respóndeme.

MUNTSA: (No sabe de qué le está hablando. Lo mira unos instantes. Como por responder algo) No sé, Afro. Sí, seguro que sí. Pero como yo nunca he estado gorda...

AFRO: ¡Otra vez! ¡Me estás insultando otra vez! ¡Has vuelto para insultarme! ¿Te has oído?...

MUNTSA: (Reacciona, momentáneamente. Alza la voz) Afro...

AFRO: (Camina de un lado a otro. Coge la escopeta, la suelta) ¡Me ha dicho gordo! ¡Me ha insultado!

MUNTSA: (Alza más la voz) Afro...

AFRO: (Se está lavando la cara en la palangana) ¡Gordo! ¡A mí! ¡Y en mi propia cara! ¡En mi propio vertedero!

MUNTSA: (Grita) ¡Afro!

AFRO: (Arroja el agua de la palangana a un lado. Echa agua de una de las garrafas y vuelve a lavarse) ¡No señor! ¡El orgullo se pierde así! ¡Así se pierde! ¡Ya no estoy nada orgulloso de haber tenido razón!

MUNTSA: (De un grito) ¡Basta ya, Afro!

AFRO: (Secándose con un trapo viejo) ¡Y encima me chilla! Ha vuelto Muntsa, me diré mañana, ha vuelto para insultarme y chillarme. Y yo, como un idiota, me he dejado. ¡Eso me diré! ¡Qué recuerdos! ¡Qué recuerdos me quedarán para mañana!

MUNTSA: (Casi histérica) ¡Cállate ya! ¡Basta! (Se arrepiente de haber gritado así) Afro se detiene instantáneamente. Con la boca abierta, observa a Muntsa.

AFRO: (Como embobado) ¿Quién..., quién te ha enseñado a gritar así?

MUNTSA: (Suspira. Decidida a atajar el problema de Afro) Mírate, Afro.

AFRO: (No atiende) ¿Qué?

MUNTSA: Que te mires. Que te conozcas a ti mismo. Dobla el cuello y mira hacia abajo.

AFRO: (Sigue embobado) ¿Dónde... dónde te han enseñado...?

MUNTSA: Dobla el cuello, Afro, dóblalo.

Afro, sin saber muy bien lo que le pide, pensando todavía en sus gritos, lo hace.

AFRO: (Ilusionado) ¿Me vas a enseñar a gritar como tú? ¿Gritar con… tus convencimientos? ¿Es para eso?

MUNTSA: Eso sale solo. Nadie necesita que le enseñen.

AFRO: Tú nunca habías chillado así antes. Yo no te había oído. Tú a mí…

MUNTSA: (Aprovecha) Tendrás que responderme primero a las preguntas que yo te haga, paso a paso.

AFRO: ¿Y luego…?

MUNTSA: Luego. Ya veremos. Haz lo que te digo.

AFRO: Esto es como aquella vez que empezamos... y luego acabamos revolcándonos…

MUNTSA: Primera pregunta... (Afro levanta la cabeza) Dobla el cuello, Afro, o no seguimos.

AFRO: Está bien, “acacho” la cabeza. (Lo hace)

MUNTSA: No se dice "acacho", eso lo dicen los ignorantes... Y los ignorantes..., por regla general, se creen listos. Tú no te crees listo. No eres uno de esos ignorantes.

AFRO: (Triste. Convencido) No me engañes. Soy el hombre más ignorante que conozco.

MUNTSA: Eso lo dices porque no has conocido a ningún otro hombre.

AFRO: (También convencido) ¿Que no he conocido hombres? ¡A montones! ¡Seguro que muchos más que tú!

Muntsa, al oír estas palabras, queda con la mirada perdida. No escucha a Afro.

AFRO: ¿Tú te acuerdas de cuando estabas aquí, todos los que venían... a buscar cosas al vertedero...? ¡A "mi" vertedero! Pues todavía han venido muchos más después... (Grita) ¡Fíjate si habré conocido hombres!

MUNTSA: ¿Ves como tú también gritas?

AFRO: Eso… sale solo. Tú me lo has dicho. ¿Qué me contestas?

MUNTSA: (Al poco. Meditabunda) Que eso no es conocerlos, Afro; es verlos. Nada más que verlos... Para conocer a un hombre, hay que tratarlo... Y ni aun así... (Se interrumpe)

AFRO: No sé qué quieres decir con eso de... (pronuncia la palabra con esfuerzo, como si no la conociera) “tratarlos”... Porque yo cuando...

MUNTSA: (Lo corta) Porque tú no te das ni les das tiempo para trataros... Los asustas, los desvalijas y los arrastras fuera del vertedero.

AFRO: ¿Qué quieres? Es mi vertedero. Si dejo a uno, solamente a uno que...

MUNTSA: (Nerviosa, se pasa una mano por el cuello) Ya... Ya lo sé. Vendrían a... cientos.

AFRO: Y más que cientos. Y me lo acabarían quitando. Este vertedero es rico. De él podría vivir una... familia. (Clava su mirada en ella. Luego, avergonzado, la aparta)

Muntsa vuelve a refregarse nerviosamente la nuca.

MUNTSA: Hay que tratarlos, primero…, conocerlos, sí…, conocerlos…

AFRO: ¿Ves... las cosas cómo son, Muntsa? ¿Ves como sí que soy un ignorante? Para no serlo debería conocerlos en lugar de verlos sólo. Como tú dices, tratarme con esos otros hombres. Pero no puedo. No… Porque si los trato, los conozco; si los conozco, los quiero; si los quiero, los dejaré entrar en el vertedero. Y no tendrán piedad, Muntsa. Porque si los dejo que entren en el vertedero, me dejan sin mi basura.

MUNTSA: No todos vendrían por tu basura.

AFRO: ¿Y cómo se distinguen? ¿Lo… pregunto? Acuérdate…

MUNTSA: No me pidas que me acuerde. No me lo pidas.

AFRO: (Mira a Muntsa, inquieto) Y... además, seguro además que si tratara a alguno, él sabría cosas que yo no sabría.

MUNTSA: (Tarda en hablar) ¿Y no podría ser que él tampoco supiera cosas que tú sí sabes?

AFRO: Estaría por ver. Como ya hemos quedado que no conozco a ningún hombre...

MUNTSA: Pero me has conocido a mí. Tratado. Y me has enseñado cosas...

AFRO: (Gritón) ¡No te burles de mí, Muntsa! ¡Qué voy a enseñarte yo! Además, tú eres una mujer; y las mujeres lo que no saben lo leen en el aire. (Ríe) ¿Y ahora no me irás a decir que tampoco he conocido mujeres? (Ríe), porque en este vertedero...

MUNTSA: (Lo corta) ¿Quieres aprender?

AFRO: (Igual) Si quieres aprender sólo se les pregunta a los tontos. ¡No me insultes! Otro recuerdo malo para mañana...

MUNTSA: Escucha: no se dice "acacho", sino que se dice "agacho", con "g" de ggggggggggggg...

AFRO: (Agacha y levanta la cabeza) Eso no lo entiendo. Todo viene a ser lo mismo. El caso es acacharse...

MUNTSA: (Quiere darse por vencida) Bueno, como tú quieras. Pero dobla el cuello.

AFRO: Lo doblo. Y lo doblo con "ge" de agggggggggggacho.

MUNTSA: (Sonríe. Se olvida un momento de sí misma) Primera pregunta: ¿qué ves?

AFRO: (Su risa) De frente, el suelo. Y por un rabillo de este ojo la palangana, y por el rabillo del otro...

MUNTSA: Sólo nos va a interesar lo que veas de frente.

AFRO: ¿Y eso?

MUNTSA: Luego comprenderás el "eso". Has dicho que veías el suelo mirando de frente.

AFRO: (Mira. Se convence) Sí, sí, el suelo.

MUNTSA: ¿Nada más?

AFRO: (Con júbilo) Algo más.

MUNTSA: ¿Qué?

AFRO: La punta de mis botas.

MUNTSA: ¿Sólo las puntas?

AFRO: (Confundido) Sólo. Qué raro.

MUNTSA: (Con intención) Pues sí que es raro.

AFRO: (Intrigado) ¿Por qué será eso, Muntsa?

MUNTSA: (Disimula) No lo sé. Yo no puedo mirar desde donde tú estás para saberlo. Puedo... ayudarte.

AFRO: ¿Quieres?

MUNTSA: Sí. (Piensa. Espontánea) Mírate desde lejos, Afro.

AFRO: (Estupefacto) ¿Que me mire desde... lejos? ¿Cómo puede hacer un hombre para mirarse desde... lejos? ¿Es que tú puedes hacer eso, Muntsa?

MUNTSA: (Arrepentida) Dejemos eso, Afro.

AFRO: Es que me interesa. Puede ser bueno saberse ver desde... lejos. Si tú sabes cómo, explícamelo. (Piensa en voz alta) Es que puede ser bueno, eso de saberse ver desde lejos... Nunca había pensado en lo bueno que puede llegar a ser. El problema es... cómo. Explícamelo, Muntsa; no me dejes así.

MUNTSA: Es... difícil.

AFRO: ¿De hacer? Me lo creo.

MUNTSA: Sí, de hacer. De conseguirlo. Y... de explicar.

AFRO: ¿También?

MUNTSA: También.

         Pausa breve.

MUNTSA: A lo mejor... si seguimos con lo que estábamos haciendo...

AFRO: ¿Ayudaría?

MUNTSA: Ayudaría.

AFRO: (Animado) Venga, venga...

MUNTSA: Vamos a ver: la segunda pregunta que habría que hacerse es qué impide que te veas nada más que las puntas de las botas.

AFRO: (Mira hacia abajo. Rápidamente) ¡Las rodillas!

MUNTSA: Podría ser. Pero tengo mis dudas.

AFRO: ¿Por qué?

MUNTSA: ¿Seguro que te ves las rodillas?

AFRO: (Mirando con extraños movimientos de la cabeza. Con pena) No, Muntsa, no me veo las rodillas.

MUNTSA: Pues continúa hacia arriba.

AFRO: ¿Por mi cuerpo?

MUNTSA: Claro, Afro, por tu cuerpo.

AFRO: (Tropieza con su barriga. De repente) ¡Ya está!

MUNTSA: ¿Ya lo sabes?

                        Afro no contesta. Se hace descaradamente el despistado.

MUNTSA: ¿Ya lo sabes, Afro?

AFRO: ¿Eh?

MUNTSA: (Sonríe) ¿Que si ya lo sabes...?

AFRO: (Mira hacia abajo. Apenado) Sí.

MUNTSA: ¿Y... qué es?

AFRO: (Tras pensarlo) Es... una cosa íntima. No puedo decírtela.

MUNTSA: (Comprensiva) Si tan íntima es..., que yo no haya conocido...

AFRO: Bueno, muy íntima, muy íntima... (Su risa) Tan íntima como para que tú no la hayas conocido...

MUNTSA: ¿Me dejas que lo adivine?

AFRO: (Con suficiencia) Ah, si puedes...

MUNTSA: (Simula que se está esforzando por pensar) Es... la barriga.

AFRO: (Muy triste) Tú has aprendido muchas cosas por ahí...

MUNTSA: (Al oír “por ahí”, se entristece también. Como una autómata) Por ahí...

AFRO: (Gritón) ¡O las has leído en el aire! ¡Pero no es la barriga! ¡Mi barriga es normal!

MUNTSA: (Sin salir de su tristeza) Y grande. Y como es grande y redonda te impide verte más acá de las puntas de tus botas.

AFRO: ¡Pero eso es solamente estando de pie, si me siento puedo verme hasta el ombligo! ¡Y aunque no sé chillar como tú, puedo aprender! ¡No te descuides!

 

 

(Si tiene curiosidad por leer lo que falta, no se prive: escríbame a

rbaguera@portalatino.net

y, con sumo gusto, se lo enviaré)

 

(Aunque como esta pieza está publicada en Editorial Fundamentos, también puede solicitársela a ellos –tengo entendido que dan cinco por el precio de una-)