Un muerto en el jardín
ESCENARIO:
Salón comedor en la planta baja de un chalé. Al fondo, una amplia cristalera con una puerta de entrada. A través de la cristalera se ve un porche y parte de un jardín: plantas, césped… En primer término del lateral derecho hay una escalera que conduce a las habitaciones de la planta superior; después, una puerta que da a una cocina. En el lateral izquierdo (lo vemos todo desde el espectador) una puerta en segundo término que da a un baño, y otra seguidamente que comunica con una habitación. Está decorado con mesas, sillas, sofás…, lo normal de cualquier casa. Hay un teléfono en una mesa.
PERSONAJES:
Severo MARTÍN.-
Marido de Ágata. 55 años.
50 años.
EL HOMBRE DEL JARDÍN.-
Anciano, de edad indefinida.
AZUCENA.-
Hija de los dos primeros. 20 años.
LAURA.-
La hija pequeña. 18 años.
ANDRÉS.-
Novio de Laura. 20 años.
Sergio BRUBONYE.-
Jefe de MARTÍN. 65 AÑOS.
GRIS.-
La acompañante de BRUBONYE. Unos 30 años.
La escena está vacía durante unos segundos. Al poco, vemos venir precipitadamente a SEVERO por el fondo, por el jardín, en dirección a la casa. Entra y cierra rápidamente la puerta. Todo está en orden y más o menos limpio.
SEVERO:
(Mirando a través de la cristalera, pero dirigiendo la voz al lateral derecho) ¡Ágata! ¡Ágata!
ÁGATA:
(Sale de la cocina con varios platos con comida) ¡Qué temprano has
llegado hoy! ¿Ya te has enterado…?
SEVERO:
(La corta. Con intención) Demasiado temprano, ¿verdad?
ÁGATA:
¿Demasiado…? No sé. Temprano.
SEVERO:
(Muy afectado) ¡Qué sangre fría la tuya!
ÁGATA:
Para llevar un par de platos no se necesita tenerla mucho más caliente.
SEVERO:
(Grita, amenazante) Ágata, no empieces.
ÁGATA tira uno de los platos con comida. SEVERO, indiferente, sigue mirando con atención a través de los cristales.
SEVERO:
¿Por qué dejas caer los platos?
ÁGATA:
Es que me has asustado, Severo. Y se me ha ocurrido dejarlos caer. Tenemos más, no te preocupes. (Preocupada) Y quién sabe en qué y… cómo… tendremos que comer de ahora en adelante…
Despacio, recoge del suelo la comida y vuelve a colocarla en los platos cuidadosamente. Después los pone sobre la mesa en la que ya había dispuesto un mantel individual y cubiertos.
SEVERO:
(Sin escucharla. Observando a través de la ventana) ¿Lo teníais bien planeado, no? Si yo no hubiera llegado antes de lo que tú calculabas, todo te hubiera quedado en la más absoluta impunidad.
ÁGATA:
(Acariciándolo) Severo, esto es increíble. (Duda) Eso te pasa, ¿no? Estás así porque ya sabes…
SEVERO:
(La aparta) No me toques. ¿Y encima me preguntas…? Sangre fría, Ágata. Te dije: haz lo que quieras, y era un decir, mientras que aquí no lo traigas…
ÁGATA:
(Mirando también a través del cristal) ¿Ya lo has… visto?
SEVERO:
¿Verlo? Si está igual que en un escaparate. Si lo tienes ahí expuesto (señala a través de la cristalera), para que lo vea bien todo el vecindario. Y no has ido a escoger precisamente a un jovencito.
ÁGATA:
(De mala gana, esboza una sonrisa) Ah. Oh, ¿te has pensado que yo…?
SEVERO:
¿Te crees que soy estúpido?
ÁGATA:
Un poco, sí.
SEVERO:
¡Ágata!
ÁGATA:
Es un anciano. No es lo que piensas. Ojalá, y hubiera roto nuestro pacto. Y tuviera que estar ahora mismo dándote explicaciones. Si fuera eso…, hasta me sentiría feliz.
SEVERO:
(La zarandea, furioso) Ya no te aguanto más. Y a tus acertijos, menos.
ÁGATA:
Suéltame. Dejarás de hacerlo. Y muy pronto.
SEVERO:
¿Qué intentas decir?
ÁGATA:
Fíjate, no es hoy un día como para reírse, y en cambio estaba riéndome hace un momento.
SEVERO:
Te hará gracia.
ÁGATA:
Ninguna, Severo, ninguna gracia.
SEVERO:
¿Porque te sientes… descubierta?
ÁGATA:
Porque me siento defraudada.
SEVERO:
Estupendo. Acojonante. Ya está bien, Ágata. Llego a mi casa una hora antes de lo que acostumbro, rodeo a un individuo de dos metros que está en bañador en mi jardín tumbado en el césped, supongo que tostándose al sol, entro en mi casa y mi … mujer, cuando se sabe descubierta, me dice que se siente defraudada.
ÁGATA:
Muy… defraudada.
SEVERO:
Me da igual mucho que poco.
ÁGATA:
Severo, que te estás equivocando.
SEVERO:
¿Qué vas a inventarte ahora? ¿Algún primo lejano?
ÁGATA:
Ojalá fuera verdad eso también. Ojalá y tuviera fuerza para inventarme algo.
SEVERO:
No te creería. No has ido a escogerte un buen día para torearme.
ÁGATA:
No te creerás la verdad tampoco.
SEVERO:
Porque te la inventarás complicada.
ÁGATA:
No, sin inventar yo nada.
SEVERO:
¡No te estará pagando un alquiler por un trozo de césped!
ÁGATA hace una mueca de desagrado.
La comida esa era para él.
ÁGATA:
Es para él, sí.
SEVERO:
¿Le has invitado a comer?
ÁGATA:
No, se ha invitado él solo. Y antes de que me lo preguntes, a cenar creo que también.
Pausa.
SEVERO:
De acuerdo. ¿Cómo lo has conocido?
ÁGATA:
Le he conocido hoy.
SEVERO:
Pero, ¿dónde?
ÁGATA:
Aquí, en casa. Se ha presentado esta mañana.
SEVERO:
¿Aquí? ¿Y le has abierto?
ÁGATA:
Tú también le hubieras dejado pasar.
SEVERO:
Seguramente. Nada más verle le hubiera dicho: ah, no parece que tenga usted mal aspecto. ¿Nos tuteamos? Pues venga, adelante, refréscate en la ducha, que no está mi marido y yo tengo ganas de pasar un rato. Total, mientras se hace la comida …
ÁGATA:
No, ha sido mucho más complicado.
SEVERO:
¿Qué pasa? ¿Te ha llevado buena parte de la mañana?
ÁGATA:
Pues sí. Comprenderlo … Casi toda la… mañana. Pero ten la seguridad de que tú también le hubieras dedicado toda tu mañana. Tú también le hubieras dejado pasar. ¡Qué remedio…!
SEVERO:
Ágata, no estoy para…
ÁGATA:
En cuanto hubieras oído su voz.
SEVERO:
Ágata…
ÁGATA:
Sí, Severo. Disfruta de este malentendido. Porque probablemente será la última vivencia que tendrás en este mundo.
SEVERO:
¿Tanto habéis intimado que hasta habéis planeado mi asesinato?
ÁGATA:
Si tú supieras, Severo, si tú supieras… Yo, porque he estado … (Se calla)
SEVERO:
Pues eso busca mi… mi cabeza: saber, que siempre ayuda al consuelo. Porque lo que veo yo, no lo comprende ella.
ÁGATA:
Tu cabeza va a necesitar algo más que saber.
SEVERO:
Semejante individuo para ti sola.
ÁGATA:
Si intentas reírte de mí…, apura el rato.
SEVERO:
¿Riéndome, yo? ¡Pero si tengo un cascabel en la garganta! ¿Cómo he de reírme?
ÁGATA:
(Grita, convencida) Severo, ese hombre está muerto.
SEVERO:
¿Muerto? ¿Cómo que está muerto? (Como advirtiéndola) Ágata…, seguro que no has…
ÁGATA:
(Riendo nerviosamente) Totalmente muerto.
SEVERO:
(Incrédulo) ¿Muerto? ¿Pero tú te crees que yo…?
ÁGATA:
Muerto, sí.
SEVERO:
(Mira hacia el jardín) No me vengas…
ÁGATA:
No voy a nada. Hazme caso. Aunque sea ésta la última vez. Ahora mismo es como si anduviera de permiso. Un difunto con permiso. ¿No ves lo blanco que está?
SEVERO:
Blanco sí está. Y por eso, digo yo, que estará tomando el sol.
ÁGATA:
No toma el sol por cambiar el color de su piel, si no para calentar lo que ella encierra. Imagínate, llevaba casi un siglo a la sombra, en… su tumba.
SEVERO:
Si te sigo escuchando, me liarás. ¿Queda ron?
ÁGATA:
¿Cuando has pasado a su lado tenía los ojos abiertos o cerrados?
SEVERO:
(Cansado, por responder algo) Abiertos. Los tenía abiertos.
ÁGATA:
¿Y te ha mirado?
SEVERO:
No, no me ha mirado. Creo que no. Los tenía abiertos, sí, pero no me ha mirado.
ÁGATA:
¿Lo ves? ¿Y es normal eso?
SEVERO:
Estaría distraído.
ÁGATA:
¡Distraído! Son así. Así actúan ellos, convéncete Severo. Es así como se quedan los muertos: con los ojos abiertos, como promesas. Así se quedan algunos. Será para ver la cara que ponemos los vivos cuando ellos dan el ay definitivo. Sin mirarnos, nos están viendo. A saber lo que pensarán de eso que estén viendo.
SEVERO:
(Observa a través del cristal) Tu muerto mueve los brazos.
ÁGATA:
Para cerciorarse de que los tiene. Míralos bien, Severo, dos brazos del siglo pasado.
SEVERO:
(A punto de golpearla) Ágata, eres…
ÁGATA:
Y ahora se pondrá en pie. ¡Pobre! Toda la mañana el mismo movimiento.
SEVERO:
Ágata…
ÁGATA:
Sí, Severo, tenemos un muerto en el jardín. Y sé que te costará admitirlo. Pero es la verdad.
SEVERO:
Ágata…
ÁGATA:
Sí. Nos lo han… adjudicado.
SEVERO:
(Explota, grita) Ágata, eres una…
ÁGATA:
(Gritando) ¡Cállate! (Saliendo a la cocina) Luego, cuando sepas la verdad, no vendrás a disculparte.
SEVERO:
Eso, llora tú en la cocina mi … confusión. Me siento ridículo solamente de escucharte.
ÁGATA:
(Desde la cocina) Eres ridículo.
SEVERO:
(Alza la voz, para que lo oiga Ágata) Pues esto se acabó. Esto es el final.
ÁGATA:
(Sale con un vaso en la mano) Desde luego que sí. El final. (Bebe)
SEVERO:
(Con intención, por la bebida) ¿No la habías dejado?
ÁGATA:
Yo a ella, sí. Pero hoy ella sola ha vuelto a mí. Sin que yo la buscara.
SEVERO:
(Se mira el reloj) No quiero que las chicas te vean beber.
ÁGATA:
Ya no importa…
SEVERO:
Me importa a mí.
ÁGATA:
No me verán … No me verán … Ya no me verán …
SEVERO:
Les faltará poco para llegar. Y, como comprenderás, tampoco quiero que vean al… idiota ese. Dile que se vaya.
ÁGATA:
(Riendo nerviosa y sinceramente) ¿Que se vaya? Te he dicho que ha venido a quedarse.
SEVERO:
¡Ágata!
ÁGATA:
No es por mi gusto.
SEVERO:
Explícame de una vez…
ÁGATA:
(No lo deja seguir) Te lo explicará él mismo. Yo no he entendido bien, o no he querido entender ciertos… aspectos.
Se acerca a la cristalera.
¡Eh! ¡Oiga! (A SEVERO) No sé ni cómo se llama.
SEVERO:
(Para sí. Explotando) ¡Borracha!
Ágata ha oído a SEVERO llamarla “borracha” y ella le rompe sin contemplaciones una botella de cristal en la cabeza; SEVERO, al recibir el golpe, cae sin sentido al suelo. ÁGATA retira con los pies los trozos de cristal y los pone debajo de una alfombra. El cuello de la botella lo deja rápidamente en un macetero. Da un trago de su vaso. Al momento aparece por la puerta de la cristalera un HOMBRE en bañador. Es el HOMBRE DEL JARDÍN, un anciano inexpresivo, alto y huesudo, desgarbado y de piel blanquecina. Desde el umbral de la puerta, mira a ÁGATA y luego a SEVERO.
ÁGATA:
(Muy nerviosa. Por SEVERO) Se ha caído, pero está bien. (El HOMBRE la observa sin desviar su mirada) Es que ha tropezado… Y se ha golpeado en… (El HOMBRE la pone más nerviosa con su mirada. Ella misma disimula falsamente) Pero no esté usted así…
Sale por la primera puerta de la izquierda. El HOMBRE coge del macetero el trozo de botella que abandonó ÁGATA.
(Su voz. Ella ha dejado la puerta abierta y se entrevé un baño) Usted no es muy ancho de espalda. Supongo que esta bata de mi marido le irá bien. (Entrando) Tenga … (Se detiene, al ver al HOMBRE sosteniendo el trozo de botella. Ambos se miran. Ella desvía la mirada) Pruébese esta. Si no le va bien, le sacaré la de mi hijo.
Coloca la bata para que el HOMBRE pueda ponérsela. El le da el vidrio y ÁGATA lo deja en el mismo sitio que antes.
No sé cómo puede estar con este frío ahí fuera; y en bañador. Yo en pleno verano soy incapaz de dormirme si no llevo algo puesto. (Por la bata, una vez puesta) Ah, pues no está mal.
El HOMBRE está inmóvil, observándola. ÁGATA no aguanta su mirada.
(Mirándole los pies) Va usted descalzo. Cogerá frío… (Mira al HOMBRE un instante; como éste no dice nada, ella sale por la puerta del baño y regresa enseguida con unas zapatillas) El calzado es de mi hijo Enrique. (Se le quiebra la voz, a punto de llorar) Es un chico alto, de pies grandes. Le irá bien. Usted también es un hombre alto.
ÁGATA le ayuda a ponerse las zapatillas.
No son de su número, pero puede hacer uso de ellas.
El HOMBRE continúa mirándola.
(Ya turbada, casi por hablar de algo) Coma usted. Se le va a enfriar la comida. (Tocando un plato) Si ya está fría. Si quiere se la puedo calentar en el microondas. (Silencio) Aunque usted no sabrá qué es. Es un horno. Un horno que calienta mucho más rápido que los de antes.
El HOMBRE continúa sin moverse. Sólo la observa.
(Explotando) ¡Está bien! ¡Le he roto la botella en la cabeza! ¡Y qué! (Bebe)
El HOMBRE entonces avanza con total naturalidad y se sienta frente a la mesa. Comienza a comer tranquilamente. Sin mirar a ÁGATA, saborea lo que come.
No puedo soportar que alguien me llame borracha. Y menos a él. ¡Estoy harta de que me recuerde lo que no quiero ser! (Se sirve de otra botella) Y, además, no soy una borracha. Bebo, sí. Pero tengo medida. Mi medida. No afecta…, no afectaba para nada a nuestras vidas. Mis hijos nunca me han visto bebida. Bueno, una vez. Sí, una vez. El día que él me dijo que se había asociado con Brubonye. ¡Maldito Brubonye! ¿Sabe?, mi marido y yo trabajábamos juntos, al principio. Yo tuve a nuestros dos hijos seguidos, muy seguidos. Me salí del trabajo “hasta que ellos crecieran un poco”, y después volvería todo a ser como antes. Nunca nada es como antes. Nunca nada es… nada. Y un buen día se presenta diciéndome que se asocia con ese canalla de Brubonye, y que todo va a ser para mejorar nuestra situación económica. Estaba en crisis nuestra empresa. Eso me dijo. Eso me decía hacía tiempo. Y el tiburón nos devoró, ¡vaya si nos devoró! Los tiburones yo creo que comen sin hambre. Comen y comen para tener la barriga llena. Siempre llena. Como yo bebo sin sed. Para tener la cabeza distraída. (Bebe) ¡La situación económica! ¿Qué es eso? ¿Pero para qué vale el dinero… ahora? (Mira con recelo al HOMBRE) Si el tenerlo, por tenerlo…, a mí me ha hecho una desgraciada. Y una … (Se corta) La única condición que impuso “el tiburón” fue la de aportar él su propia gente a nuestra empresa. Gente de su confianza. Y yo, a partir de entonces, ya no volvería a nuestra empresa… nunca. Tendría que limitarme a ver el tiempo pasar. Cuida de nuestros hijos, ya disfrutaremos algún día, me decía Severo. ¿Y para qué traer hijos a este mundo? ¿Para que ahora…? (Se corta, bebe y mira al HOMBRE) ¿Usted sabría distinguir alguna verdad entre las falsedades que le he dicho? ¿Puede hacer eso?
El HOMBRE, sin mirarla, se saca de la boca un trocito de papel y lo deja en el filo del plato.
Ah, un trozo de papel. Como ahora viene todo envasado…
El HOMBRE ahora sí la mira.
(Con descaro) O será un trozo de papel que se le ha pegado del suelo, cuando se ha caído… (rectifica) cuando he tirado la comida.
Sale a la cocina y regresa con una jarra llena de agua. Sirve al HOMBRE, con mano temblorosa, y este bebe.
¿Quiere más?
SEVERO se levanta. El HOMBRE se vuelve hacia él. SEVERO mira a ambos. Se lleva una mano a la cabeza con gesto de dolor, cuando la retira tiene sangre. Sale lentamente al baño. El HOMBRE mira a ÁGATA, se levanta y va detrás de SEVERO. Ambos se meten en el baño.
(Apura su vaso. Su mirada, ausente, de ojos vidriosos, transmite un profundo horror. Casi sin voz) ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Ésta es una respuesta? ¿Qué será de mis hijos? Aunque a lo mejor ellos son la excusa que ahora me pongo para querer seguir. Ahora que ya no podré hacerlo. Siempre se quiere andar cuando se tienen quebradas las piernas. Ya no podré estar con ellos… Por… ellos. ¿Y seguir, hacia dónde? Y ahora que estaba consiguiendo ilusionarme con poder ser abuela … ¡Y he tenido tanta suerte! Demasiada, y no he sabido sacarle el jugo. Me ha sobrado tanta vida que no he vivido. (Mira su vaso vacío) Dicen que soy una borracha. Por eso me tienen. Todos me tienen por una borracha. Mi familia, su familia, el vecindario…, todos. Pero yo sé que no soy una borracha. No, no lo soy. Bebo, pero no me escondo para hacerlo. Y bebida, barro; y bebida, friego; y bebida, hago la comida y lavo platos y canto y lloro y ahorro y no busco a alguien que me ayude en la casa porque tenemos … (Rompe a llorar. Rectifica) Porque teníamos que guardar para que los chicos pudieran estudiar una carrera. Y todo lo habré hecho bebida. Pero nunca borracha. ¿Borracha?, nunca. Y bebida y todo también tengo miedo. Miedo… (Mira hacia la habitación en la que se han metido los dos hombres) (Resbala lentamente de la silla y cae sentada en el suelo) Tengo… tanto miedo… Tengo mucho miedo.
SEVERO sale del baño precipitadamente. El HOMBRE se queda de pie en el umbral.
SEVERO:
(Aterrado, mirando de cuando en cuando al HOMBRE, se arrodilla junto a ÁGATA) Ágata, yo no sabía…
ÁGATA:
¿De verdad que no?
SEVERO:
Nada, absolutamente.
ÁGATA:
(Por el HOMBRE) ¿Te lo ha explicado… todo?
SEVERO:
De principio a final.
ÁGATA:
Cuando has llegado, yo no sabía por dónde empezar a contarte. Y él me ha prohibido…
SEVERO:
A mí también. Y yo tampoco hubiera sabido cómo decirte…
Pausa. Atemorizados, miran al HOMBRE.
ÁGATA:
Y… ¿te ha demostrado…?
SEVERO:
(Pensativo, horrorizado) Sí.
ÁGATA:
Y dime: ¿qué piensas? ¿Tienes… miedo?
SEVERO:
¿No me ves? Mucho, claro.
De nuevo, observan al HOMBRE. Este no se mueve del umbral de la puerta del baño. Silencio.
ÁGATA:
Y… ¿qué vamos a hacer?
SEVERO:
No podemos hacer nada.
ÁGATA:
¿No te he preguntado qué “podemos” hacer, si no qué “vamos” a hacer?
SEVERO:
Desengáñate, esto nos desborda.
ÁGATA:
Sí, nos desborda.
SEVERO:
Sólo podemos esperar.
ÁGATA:
(Ausente) Esperar…
Pausa.
ÁGATA:
(Levantándose se dirige hacia el HOMBRE) Oiga…
SEVERO:
(Horrorizado) ¡Ágata, ven aquí!
ÁGATA:
(Sin oírlo. Al HOMBRE) Escúcheme, por favor.
SEVERO:
¡Ágata!
ÁGATA:
(Cerca ya del HOMBRE, quien permanece inmutable en el umbral de la puerta del baño) Mire, nosotros tenemos hijos. Usted ya sabrá… Dos chicas y un chico. Y las niñas…, las chicas, estarán al llegar. Quisiera que me diera la oportunidad de explicarles yo misma… Ellas no han hecho nada. Son jóvenes. Usted también habrá sido joven… alguna vez, aunque haga ya de eso mucho tiempo, y…
SEVERO:
Él no puede hacer nada. Ya se lo he pedido yo.
ÁGATA:
Ellas no tienen culpa de que les haya tocado vivir esta… Se lo suplico.
SEVERO:
(Alza la voz) ¡Te digo que se lo dicho yo y me ha contestado que ha de hacerlo él! No supliques, Ágata.
ÁGATA:
¿Que no suplique? ¿Por qué? Estoy pidiendo para mis hijos un poco de clemencia.
SEVERO:
Será inútil.
ÁGATA:
¿Tú lo has intentado?
SEVERO:
(De mala gana) Sí, lo he intentado.
El HOMBRE mira a SEVERO. Éste mira hacia otro lado.
ÁGATA:
Mentira. (Mira al HOMBRE. Este sigue como siempre) Estoy segura de que eso es mentira. Tú jamás has pedido nada para tus hijos. Y menos que nada perdón. No has tenido tiempo, y aunque lo hubieras tenido te habría faltado valor para hacerlo. No es tu carácter. Tú no piensas así. Cada cual tiene lo que se busca. Eso has pregonado constantemente.
SEVERO:
Era una forma de hablar, mujer.
ÁGATA:
No, es tu forma de pensar. Es eso. Por encima de todo, la justicia. ¿O no? ¿Y qué justicia? ¿La tuya? ¿La mía? ¿Y en qué momento? ¿O… la que han escrito entre unos pocos en unos cuantos libros muy gruesos tras los que todos nos parapetamos?
SEVERO:
¿Qué estás diciendo?
ÁGATA:
Tonterías.
SEVERO:
Ya te oigo.
ÁGATA:
Pues ahora te va a tocar a ti defenderte. (Mira al HOMBRE. Se sirve en un vaso y bebe. Nerviosa, tartamudea) ¿Te acordarás de cómo ha de actuar una persona? ¿Cómo lo harás? Tú también has hecho trampa.
SEVERO:
Pues claro que he hecho trampa. ¿Y quién no?
ÁGATA:
Y siempre para beneficiarte.
SEVERO:
Beneficiarnos. A ti también te afecta. Y nunca te había oído quejarte por tener más. Y, además, ¿iba a hacer trampa para perjudicarme?
ÁGATA:
Pero has perjudicado a otros, y a propósito.
SEVERO:
¿A propósito?
ÁGATA:
(Temblorosa) Empezamos juntos la empresa, no lo olvides. Sé todos tus pasos.
SEVERO:
(Se levanta, alterado) ¿Y cómo hubiéramos conseguido lo que tenemos?
ÁGATA:
¡Para lo que nos va a servir! ¿Y qué tenemos? Además de cuatro paredes, cuatro muebles y ningún porvenir, que más tenemos? ¿Y qué hemos hecho?
SEVERO:
Cálmate, Ágata.
ÁGATA:
(Al HOMBRE DEL JARDÍN) Pero ¿por qué ahora?
El HOMBRE no mueve un músculo.
(A SEVERO) Pregúntaselo tú.
SEVERO:
(Tras dudarlo) No puedo.
ÁGATA:
¡Hazlo!
SEVERO:
No. Sabes que no nos va a contestar. No, de ninguna manera. No quieras meterme en ese túnel por el que tú te mueves. A ti siempre te ha gustado la oscuridad. Te has movido en ella. Y a mí… me gustan los espacios abiertos.
ÁGATA:
No es mi túnel. No es un túnel. No es una elección. Nos lo imponen. (Mira al HOMBRE)
SEVERO:
Nosotros no nos hemos buscado…
ÁGATA:
(Por el HOMBRE) Él dice que sí. Que nos lo hemos buscado.
SEVERO:
Lo que ha dicho es que esto ya lo sabíamos desde el principio. Que hemos podido jugar a vivir, con ventaja, y no hemos querido. Eso es lo que dice. No te inventes cosas. Habrá alguna solución. Ya verás.
ÁGATA:
Idiota.
Cuando SEVERO se dispone a responderle a ÁGATA, suena el teléfono. Él mismo descuelga el auricular.
SEVERO:
(Al teléfono) Diga... Ah, diga, señor Brubonye… (ÁGATA se pone en guardia. SEVERO mira al HOMBRE. Éste da un paso y se detiene. Observa sin expresión, como siempre, a SEVERO) Sí…, también, un hombre… No…, es ya mayor. (Escucha) Ah, usted una mujer. (Sonríe de mala gana) ¡Y joven!
ÁGATA:
(Que sigue atenta la conversación) Es natural…
SEVERO:
(Al teléfono) ¿Hablar? …, sí. Dígame… (Escucha. Extrañado) ¿Aquí? ¿Cuándo? (El HOMBRE avanza otro paso. SEVERO mira al HOMBRE) Pero si nos ha recomendado… (Escucha) De acuerdo. (Cuelga)
ÁGATA:
¿Qué te ha dicho?
(Si tiene curiosidad por leer lo que falta, no se prive: escríbame a
y, con sumo gusto, se lo enviaré)