El regreso
ESCENARIO:
Pequeño parterre de un
parque cualquiera, con una farola de globo que alumbra escasamente.
PERSONAJES:
GERARDO:
50 años.
BRISA:
25 años.
Al poco de abrirse el telón aparece Brisa por el lateral derecho.
Es de noche, y aunque es una noche clara, el parque está lleno
de sombras. Brisa mira hacia el banco, y al verlo vacío, se detiene; consulta
su reloj, da media vuelta como para marcharse pero vuelve a detenerse de
inmediato, medita unos instantes, se acerca al banco y se sienta. Aunque joven,
se la ve bastante afectada, tiene un impreciso gesto de amargura y está algo
demacrada. Nerviosa, consulta su reloj nuevamente.
Ahora, de entre las sombras del parque, sale dando unos pasos
Gerardo, quien se sitúa bajo la
farola. Se entiende que estaba en escena cuando apareció Brisa, y ha estado
observando a escondidas todos los movimientos de la joven. Esta no sabe que el
hombre la está mirando.
Gerardo viste uno de los uniformes que llevan los llamados
“gorras azules”. Canana y pistola con funda. Le falta un brazo y tiene
dificultad al hablar.
Cuando Brisa consulta su reloj por tercera vez, Gerardo va a
decirle algo pero se arrepiente, retrocede unos pasos para refugiarse en la
penumbra, saca de un bolsillo una cantimplora, quita el tapón con los dientes y
se da un prolongado trago; esconde la cantimplora, traga saliva, y avanza con
paso estudiado (que disimule su borrachera) hacia el banco. Se sienta al lado
de Brisa. Ella lo mira de reojo, y respira profundamente, con aparente fastidio.
GERARDO:
Perdona el retraso.
BRISA:
Perdonado.
Brisa se aparta poco a poco de Gerardo hasta llegar a parar
al otro extremo del banco. Gerardo no quiere darle importancia a esta acción,
aunque, quitándose la gorra, se pasa nerviosamente una mano por el cabello.
Brisa le está dando casi totalmente la espalda, y él aprovecha para sacar la
cantimplora y dar otro largo trago.
BRISA:
(Tras una pausa, contiene
la respiración) Bueno, ¿qué era eso tan… importante
que querías decirme cara a cara?
GERARDO:
Tú misma acabas de decirlo.
BRISA:
¿Acabo de decir…?
GERARDO:
Cara… a cara.
BRISA:
(Entendiendo. Pensativa) No necesito mirarte para estar viendo tu cara… La veo a menudo,
muchas más veces de las que tú te puedas imaginar… Y de las que yo querría.
GERARDO:
(Igual de nervioso) ¿También… ahora? ¿Tú crees que si me miraras me reconocerías
después de…?
BRISA:
¿Lo dudas? Te veo más que antes. No me dirás que no te has visto
retratado en todos los periódicos. ¿No has disfrutado mirándote? ¿No era eso lo
que querías? Ya lo tienes. Eres un… casi un héroe nacional. Eso sí lo sabrás.
GERARDO:
(Pensativo. Triste) Sí, eso lo sé. (Breve pausa) Pero se me hace… extraño que mientras cientos de personas esperaban
mi regreso para…
BRISA:
¿Para… aclamarte?
GERARDO:
(Arrepentido de lo que ha
dicho. Sin escucharla) Mi propia familia me…
BRISA:
(Lo corta. Con intención) ¿Has llegado tarde porque vienes de que te coloquen “tu medalla”?
¿La llevas encima? Muéstramela. Esas cosas las dan para lucirlas, ¿no? (Sin mirar, extiende hacia atrás una mano)
GERARDO:
(Se acerca a ella y la
coge suavemente de la mano)
BRISA:
(Alza la voz, retira su
mano con un gesto brusco) No me toques. (Contiene su rabia)
No vuelvas a hacerlo, por favor. Abrevia, por… favor, di lo
que tengas que decir y deja que me vaya.
Gerardo
saca la cantimplora y da un rápido trago.
Pausa.
GERARDO:
Antes, respóndeme: ¿por qué no has querido que nos viéramos en
casa? ¿Por qué me has obligado a venir a un
parque, como si fuéramos dos extraños?
BRISA:
(Irónica. Convencida) ¿No lo somos?
GERARDO:
(Con tristeza) ¿Así lo ves?
BRISA:
Así lo siento, que es peor. Y si lo que vienes buscando es
compasión, te has equivocado. Ya sabes, tampoco he sabido disimular nunca mis
sentimientos. (Con
rabia) Ni creo que deban dominarse; aunque no sé si es
falta de dominio sobre ellos o es que yo realmente he conocido a gente sin
ninguno; o eso aparentaban… (Mira de reojo a Gerardo) Allá cada cual… (Con intención)
¿Verdad?
GERARDO:
Es… nuestra casa.
BRISA:
Di: “tu casa”. Di eso. Yo ya no vivo en ella. No es la mía. He
alquilado un apartamento con una compañera. Esa sí es “mi” casa. Y no quiero
que aparezcas por ella.
GERARDO:
Escúchame, Brisa, he venido a explicarte…
BRISA:
(Con sorpresa, sin
abandonar sus formas incisivas) ¡Brisa! ¿Desde cuándo
“Brisa”? (Sin
parar de hablar, se vuelve para mirar a Gerardo, le da un vistazo rápido, acaso
con desprecio, y retira la mirada del hombre) Siempre
he sido “hija”, jamás “Brisa”. Hija esto, hija aquello… Mi nombre era una
cursilada. Eso has dicho siempre. Sólo porque lo escogió…
GERARDO:
(La corta) Ahora…, ahora todo ha cambiado.
BRISA:
Naturalmente: has cambiado tú, hemos cambiado todos. Es lo natural.
GERARDO:
(Saca la cantimplora,
bebe, la deja sobre el banco. Tiene miedo a hablar ahora. Incrédulo) ¿De veras…, de veras me crees culpable de la muerte de tu madre?
BRISA:
(Se vuelve hacia él.
Mirándolo con desprecio) Sí. No es nada nuevo. Y esa que
llamas “mi madre” era también tu mujer.
GERARDO:
(Le sonríe, sin apartar
su mirada. Cada vez disimula peor la influencia que le produce la bebida) Esto no es real… Es inverosímil que un hombre haya de escuchar que
él es el culpable de la muerte de su propia mujer aun estando a cientos de
quilómetros de distancia.
BRISA:
(Pensativa) Eso se puede hacer. Y sin apretar ningún botón. Tú lo sabes mejor
que yo. Eres experto en estrategias. Y a ti te podrá parecer mentira, incluso
cruel tener que escucharlo, pero también cabe la posibilidad de que todo pueda
ser cierto. Sin más. Y en este caso lo es. Cierto, y cruel. Ambas cosas.
GERARDO:
(En un grito) ¡Ella me empujó para que me fuera!
BRISA:
(También grita) Ella no vestía ese uniforme.
GERARDO:
(Chillón) Ella me
hablaba y me hablaba sin parar de niños que pasaban hambre, y de miles de
personas que morían injustamente en el mundo cada segundo, y me reprochaba cada
segundo de nuestro matrimonio que yo estuviera cómodo, sentado en un sillón,
escuchando o contando chistes, mientras el mundo entero estaba necesitado de
solidaridad. Me sermoneaba día tras día diciéndome que mientras había hombres y
mujeres que para conseguir un jarro de agua tenían que caminar yo que sé
cuántas horas a diario…, yo… yo me hinchaba a cerveza con mis amigotes vestido
de… monigote, con las botas relucientes. (Sonríe con tristeza) Ah, mis amigotes, si supieras cómo me miran ahora…
BRISA:
Cómo me apena oírte hablar así. (Pensativa) Mamá…
Ella, en vida, era la causante de… (Mira a Gerardo, se corta. Mira hacia otro lado) Y ahora, después de muerta, también sigue…
GERARDO:
(Después de un trago) Pues ya he conseguido algo, ¿no? Pena, es algo; ¿no?
BRISA:
(Cambia de tono. Intenta
ser algo más amable) Esa… solidaridad de la que mamá
te hablaba no te la pedía para otros. Y ella jamás te pidió que marcharas voluntario
a…
GERARDO:
¿Entonces, qué quería? ¿Para quién la pedía, si no?
BRISA:
Te la pedía, te la suplicaba para ella… (Se corta, cambia, con miedo) Y para…
GERARDO:
(Cada vez más borracho.
Quitándole importancia) Ella estaba entretenida con sus
poemitas. No me necesitaba a mí para nada.
BRISA:
(Vuelve) Te necesitaba para eso, exactamente.
GERARDO:
¿Para… qué?
BRISA:
Para que la escucharas. Para que no te rieras de ella porque era
aficionada a escribir “poemitas”, como tú, con tu leche agria, los llamas. Para
ella eran importantes.
GERARDO:
Pero a mí no me gusta la poesía…
BRISA:
¿Y qué?
GERARDO:
¿No es suficiente razón que a uno no le guste una cosa para no
oírla, o probarla, o eso…?
BRISA:
¿Te escuchaba ella a ti?
GERARDO:
(Sin comprender, se rasca
la cabeza) ¿Me escuchaba…? ¿El qué…?
BRISA:
Tus cosas… Las manías de aquel superior, la bobería de los soldados
novatos, de los pollos, como tú los llamabas…, todo eso.
GERARDO:
(Duda, más borracho) Sí…
BRISA:
¿Y a ella le gustaba tu profesión?
GERARDO:
No. Doy fe. La odiaba.
BRISA:
El odio, siempre el odio en tu boca. Ese es uno de tus grandes
errores. No la odiaba. Simplemente, no la compartía. Nada más.
GERARDO:
¿Te parece poco?
BRISA:
Poquísimo. La diferencia era abismal. Ella te escuchaba, y hasta te
aconsejaba. Aun a riesgo de equivocarse, te decía lo que pensaba. ¿Era así?
GERARDO:
Lo era, sí. Si tú lo dices…
BRISA:
Y lo vivía… ¿Y era tanto el esfuerzo que tenías que hacer tú para
oír uno de sus poemas y decirle: qué bonito, Asun; o no está mal Asun; o vaya…
una mierda, Asun; si tú hubieras pensado eso de sus versos; pero, naturalmente,
siempre después de escucharla?
GERARDO:
Hombre, pues como esfuerzo, sí…, porque no me gusta la poesía…
BRISA:
(Se levanta, coge su
bolso) No sé cuántos obuses te habrán caído en la
cabeza, pero desde luego no te la han ablandado, la tienes tan dura como
siempre. Lo único que lamento es que uno de aquellos obuses le cayó también a
mamá. A ella la mató; a ti, no.
GERARDO:
(Mira a Brisa con pena) Sí que debo odiar, y mucho. Y también debo de ser cruel… Oyendo lo
que dice mi propia hija…, que de mí debe haberlo
aprendido…
Brisa va a salir por
donde entró, pero se detiene cuando Gerardo comienza a sollozar.
GERARDO:
Yo…, yo no hice nada. Asun estaba delicada del corazón. No puedo
resistir este sentimiento de culpa… No puedo vivir con el pensamiento clavado
en… Siempre, las mismas palabras tuyas por teléfono… Y ahora…
BRISA:
(Regresa) Los obuses que a ti te destrozaron el cuerpo, a ella le reventaron
el corazón. (Toma
asiento cerca de su padre) ¿No lo entiendes? ¿Sabes de qué
murió?
GERARDO:
(Deja de sollozar, da un
trago y se queda pensativo) De… el… corazón.
(Si tiene curiosidad por leer lo que falta, no se prive: escríbame a
y, con
sumo gusto, se lo enviaré)
(Aunque
como esta pieza está publicada en Editorial Fundamentos, también puede solicitársela
a ellos –tengo entendido que dan cinco por el precio de una-)