Coincidencias
ESCENARIO:
Trozo de parque con dos bancos y una
farola.
Algo de césped.
PERSONAJES:
IRENE JONÁS:
Edad indefinida.
Sale
Irene Jonás con carrito de la compra. Hortalizas y una barra de pan asoman por este. Cansada de su trayecto, se detiene
frente a un banco. Suena su teléfono móvil.
Diga. ¿Quién? ¿Cómo, cómo?.... ¿Qué? ¡Oiga! ¡Oiga! ¡No entiendo qué me está diciendo! Oigo mucho ruido. De fondo, sí... Ruido infernal. ¿Desde dónde llama usted?
Silencio
¿Qué es quién?... ¿Qué si yo soy quién?...
Pero, ¿quién llama?
Silencio.
Fatal. No le oigo nada. ¡Por qué no apaga
la tele!
Silencio.
Ah,
desde la calle, claro.
Escucha.
Sí,
algo mejor. Algo mejor. Sí, Irene Jonás. ¿Qué si estoy segura? ¿A quién llama
usted?
Escucha.
Pues claro, ¡y tan segura!
Escucha.
Sí, mucho mejor. ¿De dónde se ha
apartado?... ¿De las ambulancias?... ¿Bomberos? Pero, ¿dónde...? ¿Qué? ¿Quién?
Escucha.
Mucho gusto, comisario Solana.
Escucha.
Sí, Antonio Montete
Gracia. Exactamente, sí. ¿Pasa algo?...
Escucha.
¿Accidente?... ¿Qué dice? ¿Accidente...
terrorista?
Escucha.
Ah, sólo... terrorista. Sin... accidente.
Escucha.
Sí,
perfectamente. No es lo mismo. Ya, indudablemente. ¿Y cómo está Antonio?
Silencio.
¿Tan mal?
Escucha.
Dígamelo claramente, por favor.
Escucha.
Ya,
sí. Pero yo no aguantaré tanto.
Escucha.
En
el Recuerdo... En el Parque, sí.
Escucha.
Sola, sí.
Escucha.
Gracias. Pero, mientras llega o no llega,
dígame cómo está Antonio. ¿Por qué razón no puede? ¿Es muy grave? ¡Contésteme!
Escucha.
¡No, no puedo esperar hasta que llegue
usted! ¿Pero no lo comprende? Me llama usted rodeado de sirenas, que las
autoridades pocas veces llaman para felicitarle a una por algo, me pregunta si
soy Irene Jonás, le digo que sí, porque esa es la verdad, me pregunta si tengo
marido y que si se llama Antonio Montete Gracia, le
respondo que también, me dice usted que se ha visto afectado por un accidente
terrorista, bueno, sin “accidente”, solamente terrorista, afectado por un...
ataque terrorista, eso es, ¿y me pide usted que me espere a que usted llegue
para saber qué le ha sucedido? ¿Pero no se da cuenta, pedazo de animal, que voy
a pensar en lo peor hasta que nos veamos? Si no me dice la verdad, ¿me está
escuchando?... Si no me dice la verdad, me hará pasar los minutos más amargos
de toda mi vida, ¿es que no lo entiende?...
Escucha.
Sí,
sí..., diga ya lo que sea, comisario, ¡cuántas vueltas le da usted!
Silencio. Pausa.
¿Seguro?...
Se derrumba sentada sobre el banco.
¿Y ya no
respiraba?... Pero...
Queda silenciosa, pensativa.
Pausa.
(Nuevamente, al teléfono) Sí, ¿dónde voy a ir? Sentada, sí. Estoy sentada, le digo. Si lo
sabré yo. No recuerdo bien cuándo me senté, pero estoy sentada.
Escucha.
Sí, le esperaré. No tarde.
Se arrepiente, cuando parece que va a desconectar el teléfono.
¡Comisario! Sí, no... Bueno, que no cuelgue. Sólo eso. No me
deje sola, en estos momentos. Necesito hablar con alguien...
Escucha.
¿Qué?... Pues... No sé, pero no se ponga usted mismo una
denuncia. Una tontería. Digo que no se ponga usted mismo una denuncia por
conducir hablando por teléfono.
Escucha.
¿Cómo? ¿De verdad? ¿Lo dice usted en serio?
Escucha.
Naturalmente, con algo así no bromearía. Lo comprendo.
Perdone que haya dudado... ¿Y qué brazo?...
Escucha.
¿El derecho? ¡No sería usted zurdo, con anterioridad a la
desgracia!
Escucha.
Ah, que el derecho es
el que le queda. Bueno, pues lo siento, yo no quería decir...
Escucha.
Sí, muy peligroso, llevarlo colgando por la ventanilla. La
furgoneta se saltó el “ceda”... O eso: el stop. Le arrolló de lleno.
Escucha.
Claro, ahora ya no asoma nada. ¿Y se lo amputaron de muy...
arriba? ¡Por encima del codo! ¡Qué disparate! Sólo he dicho qué disparate
refiriéndome al tipo que conducía la furgoneta. Saltarse un “ceda”...
Escucha.
Bueno, un stop, y arremeter contra un comisario...
Escucha.
¿Todavía no era comisario? Ese mismo año... No, al
siguiente, fue al siguiente, ya. ¿Le ascendieron por eso?
Escucha.
Sí, no hay que engañarse, esas cosas influyen. ¿El manco?,
es lógico que le llamen el manco. La lógica de la gente. Somos tan
retorcidos... A uno le falta un brazo y enseguida el manco. Sí, el caso es que
a usted le fastidiaron bien dejándole sin brazo. Claro que lo comprendo, eso
hace que no pueda conducir y hablar por el móvil al mismo tiempo. Si tuviera
los dos brazos como todo el mundo, como casi todo el mundo, quería decir. Ah,
sí puede. Pues qué bien. Pero tiene el coche preparado en el taller, ¿el suyo?
¿Qué lleva qué...?
Escucha.
Ah, el de un compañero... ¿Y no podría conducir ese
compañero suyo? El caso es que podamos estar hablando durante su trayecto,
comisario.
Escucha.
Siempre el mismo problema, el personal. Falta personal. Pero
falta personal para lo que quieren los políticos, para vigilar por su
integridad, por ejemplo, es raro que eso suceda, pero cuando se trata de
ciudadanos de a pie, la cosa ya es otra cosa...
Escucha.
El estrés, ya. Sí, comprendo que su profesión es estresante.
¡Casi la mitad de baja a consecuencia del estrés! Menos un lesionado por
impacto de bala en un tobillo, ah, en la tibia, bien. ¡Tiene para tres o cuatro
meses! Y seguro que también tendrá estrés. Un disparo en una pierna es lo menos
que puede producir, claro que sí.
Escucha.
Le destrozaron el hueso. ¡Y en acto de servicio! ¡Qué
barbaridad! Yo no sabía todo eso... Claro, ¿cómo iba a saberlo? ¿Y durante todo
este tiempo tendrá usted que conducir solo? Ah, pues nada, me alegro. Bueno, no
sé si me alegro exactamente. Quiero decir... Bueno, no es que me alegre ni me
entristezca tampoco, no, si no que...
Escucha.
Pausa.
¡Oiga, Solana!, ¿qué marca de móvil tiene?
Escucha.
¡La misma que el mío! ¡Qué casualidad! ¿Y el modelo?
Escucha.
¿Cuál?
Escucha.
No, el mío es 43.A 231
Escucha.
Pues porque el mío tiene manos libres, y si llegan a ser el
mismo modelo, pues...
Escucha.
Sí, en su caso sería mano libre.
Escucha.
Ya, tampoco es su móvil. No, estos cacharros nunca acaban de
conocerse del todo, es cierto.
Pausa.
Oiga, se me está ocurriendo algo. ¿Tiene su teléfono un
cuadro arriba a la derecha con varias... cuatro teclas de colores?
Escucha.
Sí, en el ángulo superior derecho.
Escucha.
Ah, abajo, en el izquierdo... Bueno, da lo mismo.
Escucha.
Sólo tres, y son de
forma ovalada...
Pausa.
Bueno, ¿dos de esas teclas son de color azul y están
atravesadas por dos rayitas rojas y tienen un símbolo que parecen dos manos a
punto de estrangular a alguien en la parte que queda por encima de la raya?
Escucha.
Ya... Ya... Sobre la mesa de la cocina. ¿Tiene mucha
graduación?
Escucha.
¡Qué fuerte! ¿Sí?...
Culpa de la diabetes... Ya... Ya... Ya... Dos veces diarias. Una
pesadez, sí. Pero hoy en día hay buenos medios. Sí, ya sé, una que parece un
bolígrafo. Una vecina mía está en su misma situación.
Escucha.
No, ella tiene los dos brazos, y no sabe conducir. Tiene
coche, pero cuando lo tiene que usar, se lo conduce el novio que tenga de turno
esa semana.
Escucha.
Huy, un montón. ¡Cada semana uno distinto!
Escucha.
Pues yo creo que tiene ya los cuarenta, pero no lo sé por ella, si no por otra vecina. Una del primero segunda que le tiene envidia aunque no quiera reconocerlo. Por esa lo sé yo.
(Si tiene curiosidad por leer lo que falta, no se prive: escríbame a
y, con sumo gusto, se lo enviaré)