Cuando se habla de clasicismo en el arte del ballet, es preciso
delimitar dos aspectos: la técnica clásica, como base
formativa de los bailarines y de su entrenamiento durante toda su
vida; y el repertorio clásico o tradicional, en que está
presente no sólo esa técnica, sino el estilo y las
diversas formas de expresión teatral que corresponden a las
creaciones coreográficas del siglo XIX. A ello habría
que sumar aquellas creaciones coreográficas del siglo XX
que no significan una ruptura o negación del clasicismo,
sino el desarrollo coherente de sus principios, hasta las nuevas
formas de nuestros días.
Para el ballet cubano, el clasicismo es la base fundamental de su
existencia artística, en cada uno de sus aspectos. Desde
hace varias décadas, los especialistas de todo el mundo hablan
de una escuela cubana de ballet, posiblemente la más joven
en la larga historia de este arte. Al igual que otras escuelas famosas,
como la rusa, la francesa o la inglesa, por ejemplo, nuestra escuela
parte de la herencia acumulada durante siglos, pero asimilada en
la cultura nacional, en este caso cubana, con su complejo étnico
peculiar y su estética propia.
El clasicismo danzario goza en Cuba de buena salud, y tiene muy
capaces y entusiastas defensores en bailarines, profesores y coreógrafos.
En el aspecto docente, poseemos una amplia red de centros formadores
de bailarines, en los que se aplica una metodología homogénea
que se basa en la búsqueda de la mayor pureza de la técnica
clásica, sin olvidar las peculiaridades físicas y
psicológicas que poseemos como latinoamericanos.
El Ballet Nacional de Cuba tiene en su repertorio las grandes obras
del ballet romántico y clásico, las cuales fueron
montadas por mí con el mayor respeto a la tradición,
pero sin olvidar el desarrollo posterior en cuanto a recursos técnicos
y escénicos. Tampoco olvidé que, ni los bailarines,
ni el público, son los mismos de la época en que fueron
creadas estas obras. Se trata de rescatar la esencia del romanticismo
y el clasicismo, haciéndolos viables para el público
de hoy, lo cual, a mi juicio, es la mejor forma de respetar los
clásicos. Tampoco olvidamos en el repertorio de la compañía,
el aporte coreográfico del siglo XX, ni las nuevas creaciones
de nuestros días, en las que tratamos de mostrar una amplia
representatividad de concepciones coreográficas.
¿Qué habrá sucedido con el clasicismo danzario
en el siglo XXI? Esto es algo que no deja de preocuparme. Veo algunas
tendencias negativas, a nivel mundial, que podrían comprometer
gravemente el futuro del ballet clásico. Aunque en el ballet
cubano luchamos contra esto, no estamos al margen de lo que es una
tendencia mundial. La exacerbación de la técnica y
la anulación o la confusión de los estilos, pueden
hacer mucho daño al ballet clásico. En la actualidad
la técnica ha avanzado extraordinariamente, y no sólo
se encuentra como antes en las grandes figuras, sino también
en los miembros del cuerpo de baile. Pero esto, que pudiera ser
algo muy bueno, viene acompañado con frecuencia del desconocimiento
de los estilos, y de la escasez de grandes personalidades teatrales.
Hay una tendencia a bailar todo igual: brillantes técnicas,
físicos espléndidos, bellas líneas, pero poco
o ningún dominio de los estilos. Por otra parte, tampoco
abundan los que son capaces de integrar, por conducto de la danza,
un personaje teatral de acuerdo con la obra que se interpreta. El
resultado es un espectáculo danzario que puede ser bello
en su apariencia externa, pero no trasmite emociones profundas ni
constituye una experiencia estética trascendente. Esto puede
hacer que el repertorio tradicional parezca cada día más
insulso e injustificado, y que los bailarines sean cada vez más
atletas que artistas. Sin embargo, soy optimista: pienso que siempre
habrá artistas sensibles, grandes bailarines, maestros y
coreógrafos que sostendrán e impulsarán hacia
el futuro los altos valores de un arte tan hermoso y querido.*
1995
[Texto incluido en "Diálogos con la
danza", (Cuarta edición), La Habana,
Editora Política, 2000.]