El ballet romántico

La conocida frase de Stravinsky en que afirma que la verdadera tradición es aquella que actúa como una fuerza viva que anima e informa el presente, y no la que llega a nosotros como testimonio de un pasado cumplido, tiene especial validez dentro del ballet, arte de tradición por excelencia. La fuerza o la vulnerabilidad del ballet dependen mucho de la forma en que sus artistas y maestros asuman la herencia de sus predecesores, transmitida durante años de una generación a otra. Cada época produce formas artísticas peculiares, que responden a un modo de vida y a un momento determinado en la evolución del lenguaje artístico. Es decir, reflejan en última instancia una realidad económica y social, pero también una tradición que está determinada por el desarrollo histórico de la técnica y los modos expresivos. Cuando surge un creador verdadero, el ballet se enriquece; cada aportación artística genuina sobrevive a su autor y se proyecta al futuro, integrada en esa gran tradición.
En la historia de la danza teatral, el romanticismo corresponde a una época de particular importancia, por su riqueza artística y por el alcance y permanencia de sus logros. Es el momento en que culmina un proceso de depuración de técnicas y modos expresivos, los cuales van a manifestarse de manera singular en una pléyade de talentos individuales, que hoy llegan a nosotros envueltos en la leyenda, ayudados por la magia de hermosas litografías y de los ardorosos relatos de poetas y críticos que supieron revelarnos las personalidades de Marie Taglioni, Fanny Elssler, Carlotta Grisi, Fanny Cerrito y Lucile Grahn. Es también la época de coreógrafos como Filippo Taglioni, Arthur Saint-Léon, Jules Perrot, Jean Coralli, Joseph Mazilier y August Bournonville, algunos de los cuales fueron además destacados intérpretes.
El romanticismo en el ballet significó la aparición de una nueva estética, que se reflejó en el arte de aquellas grandes figuras, amadas por los públicos hasta el fanatismo. Como fenómeno cultural, fue parte de un movimiento más amplio, que se extendió a toda Europa y abarcó la literatura, las artes plásticas y la música. Se intentaba suprimir una realidad vulgar y hostil a los valores del espíritu, escapar a ella mediante la búsqueda de un modo encantado y evanescente. Durante esta importante etapa de la historia de la danza, todo contribuyó al florecimiento de lo que para entonces fue una revolución estética, en la que se idealizaba a la mujer y el escenario se poblaba de hadas, sílfides, Wilis, hechiceros y toda suerte de seres fantásticos, entre los cuales se libraban luchas y dirimían conflictos que simbolizaban el enfrentamiento del Bien y del Mal, y la fuerza eterna del Amor. Surgieron múltiples ballets blancos, llamados así por el color del vestuario, transparente y ligero. Además, se volvía la mirada hacia la Edad Media, como modelo mítico de un pasado de leyendas. El estilo adecuado a las nuevas necesidades expresivas debía crear la ilusión de la ligereza, la inmaterialidad, el vuelo. Y el desarrollo de la técnica en aquel momento permitió plantearse esas exigencias. Proliferó el uso del trucaje y de otros recursos mecánicos en la escena, con lo que se intentaba lograr una más espectacular ilusión teatral. Pero esos medios mecánicos eran inapropiados o insuficientes, y los maestros, bailarines y coreógrafos pronto trataron de transmitir los mismos efectos con una nueva cualidad en el baile que correspondiera de manera más directa y emotiva a la expresividad deseada.
En ese clima, fue una consecuencia natural que apareciera el baile de puntas, el cual llegaría a ser el instrumento más popular y característico de este estilo, y constituye una de las más importantes conquistas técnicas en la historia de la danza. El baile sobre las puntas de los dedos de los pies, les pointes, surge por una necesidad expresiva, por una fuerte y profunda compulsión emocional, y su uso dio lugar a una verdadera transformación en la técnica del baile femenino. Se ha discutido cuál fue el momento exacto en que se usaron por primera vez esas zapatillas especiales que permitieron a la bailarina cambiar su modo de moverse, reducir el punto de contacto con el suelo, sugerir los desplazamientos en vuelo con una aparente inobservancia de las leyes de la gravedad. Lo más probable es que ese efecto se lograra gradualmente, aparte de que, como se demuestra en estudios especializados, el principio del mismo existía incluso desde la antigüedad.
Pero el estilo del romanticismo no está basado únicamente en el baile de puntas o en transmitir la sensación de que se flota al bailar. Está formado además por un complejo de elementos, que incluye una determinada posición del cuerpo, los brazos y la cabeza, y, en general, un sentido muy particular en el uso de la técnica. En el estilo romántico, los pasos serán académicos, pero con una notable diferencia de intención o acento si los comparamos con el posterior academicismo clásico o neoclásico, en el que los pasos se realizan en toda su plenitud por su dinámica, fuerza y desarrollo. En el estilo romántico, la técnica se desplegará con un sentido muy diferente a la intención del virtuosismo técnico, tan popularizado a finales del siglo XIX y en el XX. El virtuosismo dentro del estilo romántico se dará de una manera absolutamente opuesta, siempre subordinado a un sentido lírico, elevado, irreal. Este estilo exigirá la inmersión en la irrealidad, lo fantástico, dentro de una atmósfera en la que, sin embargo, existirán sutilezas, matices y caracteres según los personajes y la trama. Los pasos de bravura estarán cubiertos por un velo místico, propio de una sensibilidad doliente o de añoranza, aun cuando, según sea el caso, se esté expresando la alegría o la gracia. La fuerza del romanticismo, lo característico de su estilo propio, estará en la creación de una imagen emotiva más allá de lo físico, trascendiendo lo corpóreo o convencionalmente humano.
Si el romanticismo puede concebirse no solamente como el estilo de una época, sino también como un estado de ánimo, una sensibilidad o una necesidad emocional que puede aparecer -y de hecho ha aparecido en toda época o lugar, aunque su forma de expresarse varíe hasta el infinito-, la era romántica, históricamente considerada, trajo a la cultura danzaria una serie de valores perdurables que se integran en lo más valioso del acervo cultural de la humanidad.*

1981

[Texto incluido en "Diálogos con la danza", (Cuarta edición), La Habana,
Editora Política, 2000.]



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El ballet romántico ( 6 páginas )
El clasicismo hoy y mañana ( 4 páginas )
Verdades sin fronteras (20 páginas)