A las siete de la tarde el cavernoso fondo del escenario del Auditorium
Filarmónico de Los Ángeles rebosa de actividad, aun
cuando los primeros compases de la orquesta no se escucharán
hasta hora y media más tarde. Vistiendo trajes de ensayo,
las bailarinas de los Ballets Rusos de Montecarlo, solistas y miembros
de los corps, trabajan y trabajan, practicando los fundamentos de
su exigente arte. Una muchacha delgada, rítmicamente inclina
el torso para fortalecer los músculos del vientre con la
diligencia de un campeón de boxeo en su entrenamiento más
recio.
Es Sally Seven, de Grand Rapids, que al cabo de seis años
laboriosos con los Ballets Rusos, actúa como solista. Algo
más allá se afana igualmente Rochelle Zide, nacida
en Boston hace dieciocho años y que lleva tres con la compañía.
Y Dzinta Vanags, que hace dos años salió de Latvia,
ejecuta una serie de ejercicios de equilibrio y balance en otro
extremo del escenario. Estas muchachas afanadas, sudorosas, practican
durante una hora o más antes de la función, después
de haberlo hecho durante el día, cada vez más ansiosas
de alcanzar la perfección en su difícil arte.
No obstante tanta actividad, esta escena no presenta el punto focal
hacia el que todo este trabajo y toda esta disciplina se orienta
-Alicia Alonso- la bailarina de cinco pies tres pulgadas de estatura
y ciento doce libras de excitación artística, llamada
por muchos admiradores, la más grande de las bailarinas clásicas.
Esta temporada millares de amantes del ballet han visto y se han
maravillado con su arte. ¿Pero cuántos en este auditorio
entusiasmado saben que Alicia Alonso perdió la vista precisamente
cuando comenzaba a ser considerada como una figura estelar, y que
aun ahora solamente puede utilizar una estrecha parte de su visión
para ver con sus penetrantes ojos de artista el mundo que la rodea?
Volvamos hacia atrás, para hacer la pregunta más esperada
cuando se trata de una bailarina. ¿Qué edad tiene
Alicia Alonso? Joven como todas las primeras bailarinas, pero...
-Cuando me levanto tengo cien años -dice sonriendo esta pequeña
reina-, y a lo largo del día soy más joven cada hora
que pasa hasta que oigo a la orquesta comenzar la obra, y, entonces,
no tengo edad.
Y sus grandes ojos color de humo, medio ciegos, brillan con profunda
e íntima alegría, que realmente equivale a decir:
¿Qué importa la edad? Yo bailaré por siempre.
Con Alicia Alonso, en su triunfante tournée, actúa
el primer bailarín de ballet clásico, Ígor
Youskévitch, que es también excelente coreógrafo.28
Youskévitch tiene los cabellos negros con algunos hilos grises.
Es de ingenio agudo con la característica risa eslava, bien
parecido y un hombre en toda la línea, que en su vida privada
es tan sencillo, tan natural y sin empaque como cualquiera de sus
viejas zapatillas de ensayo. De él, Alicia Alonso dice: -
"Cuando se baila con Youskévitch se siente tal orgullo...
y al mismo tiempo el temor de no estar a la altura de su talento...
todos los bailarines del mundo lo admiran y quieren... y en cuanto
a mí puedo decir que me libra completamente de la ceguera."
Al fondo del escenario de la Filarmónica, Alicia con el pelo
envuelto en un turbante y vestida con descuido se abre camino a
través de sus compañeros en actividad, deteniéndose
al lado de una joven bailarina, para decirle: -"No, no... Debe
estar firme, sólida. No será bella a menos que sea
fuerte como un árbol... Ponga bien ese pie..." Se quita
uno de sus zapatos de calle para demostrarle cómo debe colocar
el pie. Las otras bailarinas la rodean. Nadie mira a la cara sino
a los pies descalzos de la primera bailarina. Unos pies pequeños
con un arco que parece hecho de acero, que se mueven lentamente
pero con fuerza. Nadie mira a las caras, aunque la de Alicia Alonso
con su magnífica nariz y las delicadas cejas que hacen lucir
mayores sus grandes ojos, está llena de vida con una extraña
belleza, que es una de sus características.
Alicia concluye la breve lección, en la cual la autoridad
de sus palabras queda envuelta en una simpática camaradería,
y se dirige hacia el camerino que es el centro de su reino detrás
del escenario. Es una habitación estrecha, casi un cubículo
con su gran nombre a todo lo ancho de la puerta. Sobre un aparato
de calefacción en desuso descansa un montón de zapatillas
de práctica. Tiene un solo espejo y una silla. Pocos muebles
e incontables potes de cosméticos. Los trajes de teatro cuelgan
meticulosamente colocados. Sin sentarse, Alicia se cambia el vestido
de calle por otro de práctica. Se sienta delante del espejo
y se maquilla poniéndose una gruesa capa de cosméticos
de un blanco parecido al de los clowns. Su rostro delgado, medio
que se pierde en la inmensa sombra de los ojos. A poco termina su
máscara escénica con unos toques de rojo y negro liberalmente
trazados. ¡Ya está preparada! Y parece decirse: -"Para
calentar los músculos... mantenga calientes los músculos
del baile."
Deja el camerino y caminando con sus zapatillas de práctica
se dirige a la pared del fondo del teatro a un espacio que es como
una callejuela improvisada entre telones. Allí, sola, trabaja
con agonizante exactitud, con lentitud ritualista; las manos siempre
en posición perfecta, la cabeza en alto. Los grandes ojos
no parecen mirar, tan intensa es su concentración. Los minutos
pasan lentamente. Se mueve hacia un lado, luego hacia el otro. Nunca
se detiene. No suda. Un tramoyista se lleva un pedazo de decoración
a pocas pulgadas de la bailarina y cuando toma el que le sirve de
apoyo, ella busca otro sin romper el ritmo de su ejercicio. Durante
media hora, Alicia no descansa en la búsqueda de un balance
perfecto entre la respiración y el movimiento.
Ígor Youskévitch está ahora en el escenario
y sus ejercicios pre-función son muy distintos a los de Alicia.
Sonríe, descansa, se muestra afable con los bailarines de
menor importancia que se encuentran cerca. Después, gradualmente,
se eleva más en sus saltos que acaban por parecer fantásticos
en su precisión lograda sin aparente esfuerzo.
Alicia Alonso emerge de su rincón. Sin mirar le alcanza una
mano. Se balancea en una vuelta y Youskévitch la levanta.
Alicia murmura:
-¡Estoy muy liviana esta noche!
Youskévitch le contesta:
-Ligera como una pluma.
Sus caras nunca se enfrentan.
Alicia vuelve a su camerino. Youskévitch camina con soltura
por el escenario. Da la impresión de un Wes Santee antes
de correr una milla. Sonríe contento, y charlando se aleja.
Alicia se cambia su traje de práctica. Su manager Betty Ferrell
entra en el camerino y le maquilla la espalda y los hombros. No
hablan. Betty toma el perchero del que pende el traje encantador
de El lago de los cisnes y la ayuda a ponérselo. Son las
ocho y quince minutos. Sin haber mirado el reloj, la gran bailarina
se halla preparada en el instante preciso. Se ajusta el adorno de
cabeza hecho de plumas delicadas. Se coloca sus zapatillas de escena
en las que ha introducido una innovación incorporándole
una sustancia adhesiva.
En la escena las bailarinas se han transformado en cisnes, con sus
brazos desnudos, sus hombros blanqueados y sus delicadas figuras
vestidas de satín. Son cisnes diligentes que forman una bandada
inquieta. Alicia Alonso, su reina, se desliza entre ellos, toda
en blanco, excepto el esplendor de sus ojos.
-"No, no... Solamente elévese... Siéntase como
si estuviera en el aire... Alta como una nube... Vuele."
Dicen que los cisnes de teatro no vuelan, pero en un instante esta
pequeña Reina da la ilusión de que vuela. ¡Una
pierna y ambos brazos dan la impresión de que se han elevado
y que el viento se la lleva!
Youskévitch, ahora todo un príncipe, aparece entre
los cisnes. La orquesta ejecuta una encantadora melodía.
La cortina se abre. Los cazadores, los hombres del príncipe
aparecen buscando la bandada de cisnes. Así comienza la sencilla
historia de un puro romance. Un príncipe que busca a la más
encantadora de las criaturas, esa menuda Reina de los Cisnes que
tiene negros ojos. La aventura es romántica, pero su belleza
depende del Gran Arte, y los dos primeros bailarines la subliman
con su genio que es la mágica esencia del ballet.
Youskévitch bañado en sudor recibe el cuerpo de Alicia
que parece volar por el espacio. Su perfecto equilibrio no se altera.
No se oye ruido alguno. Ni aun a diez pasos de distancia. Alicia
espera un instante, respira profundo, suda como nunca lo ha hecho
un cisne y, después, otro salto sin ruido y parece perderse
en un espacio de pura imaginación.
En el camerino de Alicia Alonso todavía se escucha el eco
de los aplausos después de su última reverencia. El
traje de El lago de los cisnes vuelve a su lugar en el ropero. Alicia
repite: -"Mi madre me lo hizo... Me hace todos los trajes que
uso en el teatro."
Y como si se tratase de un atleta, le friccionan todo el cuerpo,
la secan. Se pone un vestido provisional de un azul muy delicado
que parece fuera de lugar en el estrecho camerino. Después
se sienta delante del espejo para quitarse la máscara escénica
que se le ha cuarteado en varios lugares.
Llaman a la puerta. Alicia da permiso para que entren. Primero aparece
una niña de diez años, de cabellos negros, ojos grandes
y luminosos como los de la primera bailarina. La sigue su padre
cuya cara da la impresión, en cierto modo, de una máscara
hecha de cicatrices, una cara que recibe honores dondequiera que
se aprecia a campeones. El visitante, en otras palabras, es Lauro
Salas que ostenta el título de campeón Lightweight
del mundo.
Alicia mira complacida a la niñita, inclinando la cabeza
para tener una visión más clara. La niña, que
responde al nombre de Gilda, trae un programa. Quiere que Alicia
se lo autografíe y tiembla en éxtasis cuando además
del autógrafo recibe un beso.
En español, Alicia le pregunta si baila. Cuando escucha la
respuesta afirmativa, exclama: -"Me alegro mucho. Me enorgullece
que bailes. Necesitamos más bailarinas latinoamericanas."
El boxeador, la bailarina y la niña conversan en su melodioso
idioma. Lauro, cuyas miradas alertas han recorrido el camerino,
toma una de las zapatillas de ensayo y comenta pasándole
las manos delgadas, que su carrera no ha dañado: -"Es
como el guante con el que boxeo."
Alicia lo mira, preguntándole al mismo tiempo:
-¿Lleva muchos años peleando en el ring?
-Tengo veintinueve. Hace quince que estoy peleando como profesional.
-Usted debe ser un artista entre las sogas.
Lauro contesta sonriendo:
-Estoy vivo y alerta.
A continuación se interesa por conocer al mejor profesor
de ballet para que le dé clases a su hija. Mientras, los
deditos de Gilda acarician la preciosa corona de la Reina de los
Cisnes.
Los visitantes se despiden. Alicia termina de ponerse su traje de
calle. Súbitamente el pequeño camerino se estremece
con una fuerte llamada en la puerta, que no tarda en abrirse dando
paso a Youskévitch que parece llenarla con su cuerpo. Trae
entre las manos un hacha de bombero que ha cogido a su paso por
el escenario. Enseguida dice:
-Ando en busca de un ganso para la cena de esta noche y he oído
decir que por aquí hay uno.
Su actitud y sus palabras provocan risas. Hacen algunos chistes
y a poco salen del teatro en dirección al bar-restaurante
del Hotel Biltmore donde Alicia encuentra su vino y Youskévitch
sus whiskies, además de la cena. Todo el mundo vuelve la
cabeza para verlos cuando entran y, tan pronto como se sientan,
se forma una ordenada cola de buscadores de autógrafos que
va avanzando lentamente.
-¿Pero Alicia, usted puede ver, no?
La pregunta ha brotado inesperadamente en el curso de la conversación.
-Aquí, sí -contesta mirando hacia el frente- pero
aquí, no. Hay un espacio que no distingo.
-¿Qué tiene?
-Las arruguitas en la retina de ambos ojos, consecuencia de las
varias operaciones que me hicieron.
Y entonces hubo un retorno a la inquietante cuestión de la
falta de vista. Es la historia de una joven de pura sangre española
y de nacionalidad cubana, que ha bailado a través de años
hasta llegar a ser la única bailarina latinoamericana que
figura en el reducido grupo de los artistas más grandes del
ballet en el mundo.
Las dificultades comenzaron en Nueva York, adonde Alicia había
ido en compañía de su esposo, Fernando Alonso. Allí
Alicia tuvo una niña y, antes y después, bailó,
estudiando con los profesores más eminentes y conquistando
sus primeros triunfos que señalaron el comienzo de su carrera
estelar. De pronto, detrás de la escena comenzó a
dar traspiés y a tropezar con cuanto había a su paso.
Sola, sin decírselo a nadie, fue a la clínica de uno
de los grandes hospitales esperando su turno en un banco lleno de
pacientes. Estaba muy asustada. Al fin, después de pasar
por una especie de laberinto administrativo, llegó al especialista,
quien después de hacerle varias pruebas rápidas, le
explicó: -"Las dos retinas en proceso de desprenderse.
Quizás enfermas, quizás un fuerte golpe... ¿Perdió
algún diente?"
-¿Golpe? No comprendo lo que quiere decirme.
-¿No tiene idea de lo que ha ocurrido? Tal vez en una discusión
familiar... Son cosas que pasan tan a menudo.
-No. No he tenido discusiones ni problemas de esa índole.
Soy bailarina.
-¡Ah! ¿Acrobática? ¿Bailes violentos?
-Ballet.
-Bien, no sé... Pero usted está perdiendo la visión.
La perderá... Veremos lo que se pueda hacer, y tenga siempre
presente que quedarse ciego no es el fin del universo.
El oculista se quedó sorprendido por la ligereza de su siguiente
movimiento.
-Mire, señora...
Pero Alicia había salido precipitadamente del gabinete. Tropezó
con la puerta pero siguió adelante.
Fernando la llevó a un famoso cirujano de los ojos, un hombre
nacido en España pero que ejercía su profesión
en Nueva York.29
En su lengua nativa el famoso oculista le dijo: -"No hay tiempo
que perder buscando las causas. Tenemos que operar enseguida."
Era un hombre afable. Se daba cuenta de la angustia de su paciente.
La había visto bailar y su corazón se dolía
ante esta tragedia que quizás fuese completa. Cortó
en los luminosos y oscuros ojos. Suturó. Cortó nuevamente.
¡Seis operaciones en un ojo! ¡Siete en el otro! Alicia
Alonso estaba ciega, al menos por el momento, con la visión
bloqueada por las vendas. Tiene que pasar un año con los
ojos tapados. Alicia volvió a La Habana. Fernando la llevaba
de la mano.
Se acostó en su cama, casi sin movimiento porque era imprescindible
una inmovilidad física absoluta. Fernando y miembros de su
familia le leían. No podía ver a su niña. Descansaba
ciega y nadie podía decir con certeza si volvería
o no a ver.
Pero cuando se quedaba sola, le parecía oler la humedad del
fondo de los escenarios, y oír la música de las orquestas,
y, con sus delicados dedos danzaba en la sobrecama. No fue un entretenimiento
baldío. Escuchaba, ejecutando los pasos y, a veces, soñaba
que esa noche su partenaire se le reunía en el escenario
bañado en luz. Y una por una en su intensa concentración,
bailó todas las obras de su repertorio, una y otra, y otra
vez y muchas veces, ansiosa siempre de llegar a la perfección,
esa perfección que los verdaderos artistas jamás creen
que han logrado. Detrás de las vendas, sus ojos, que para
ella han sido siempre los órganos de la emoción, le
producían dolor mientras sus blancos dedos giraban, se balanceaban,
daban saltos.
Por espacio de un año bailó con sus dedos. Después
sus ojos quedaron al descubierto y podían ver. No bien. Las
zonas ciegas quedaron allí para siempre, pero percibía
claros aspectos del mundo. Y luego vino el descubrimiento de que
sus ojos habían sufrido una rara infección que con
toda probabilidad no se reproduciría.
Pero el especialista dijo sentenciosamente que debía hacer
una vida tranquila, físicamente quieta. Nada de ejercicios
fuertes, desacostumbrados y, de ninguna manera, bailar. Alicia caminó
con cuidado por su habitación y a lo largo de la espaciosa
casona familiar aprendiendo a valerse de su escasa visión.
Y un día, sola, en secreto, salió de su casa yéndose
al estudio de baile más próximo. Rogándole
al propietario que no hablase del asunto, se quitó su traje
de calle, debajo del cual llevaba el de práctica y, procurando
situarse donde tuviera un amplio campo de luz que le permitiera
ver, practicó lenta, cuidadosamente, débil a consecuencia
de un año de inactividad. Diariamente visitó el estudio.
Se fortaleció el cuerpo, pero no los ojos. ¿Serían
suficientes las piernas y el cuerpo para responder a la percepción
instantánea que la danza exige, y se perjudicaría
la visión que aún le quedaba?
No tardó en obtener una respuesta parcial. Un huracán
azotó La Habana, y Alicia fue hacia una puerta para cerrarla
mejor. En ese instante la fuerza del viento arrancó la puerta
y la artista recibió un golpe en la cabeza. Le costó
esfuerzo quitarse la madera que le había caído encima,
pero al volver a ver la luz del día, comenzó a reírse.
¿Qué importancia iba a darle a un chichón y
unas gotas de sangre, cuando el golpe no le había afectado
la vista?
Y así Alicia Alonso volvió a bailar. La coreografía
que practicó tan meticulosamente con sus dedos durante un
año, le dio una maestría sorprendente, nunca vista
antes. Triunfó en el Metropolitan de Nueva York. Y de todas
las capitales del ballet en el mundo, recibió invitaciones
para actuar como estrella.
En La Habana formó la Compañía de Ballet Alicia
Alonso, que más adelante se denominó Ballet de Cuba,
no tardando en obtener reconocimiento internacional por su excelencia.
Dirigida por su esposo, Fernando Alonso, la Escuela de Ballet Alicia
Alonso tiene ramificaciones en toda su tierra nativa. Después
de los líderes políticos, Alicia Alonso es la cubana
mejor conocida en el mundo. Con excepción de las semanas
que anualmente pasa actuando en el extranjero, reside con Fernando
y su familia en La Habana.
-¿Y ahora cuando usted baila con Youskévitch como
esta noche?
-Mis extraños ojos me ayudan. Como todos los handicaps el
mío me sirve de mucho. Ahora tengo que utilizar más
cerebro, más alma, para sentir con precisión donde
estoy en espacio y tiempo.
Youskévitch pasa al otro lado de la mesa para tomarla de
la mano, diciéndole: -"Ligera como una pluma."
Alicia sonríe y sus grandes ojos oscuros se llenan, se iluminan
con su peculiar visión perfecta.*
1957
[Textos incluidos en Diálogos con
la danza, (Cuarta edición), La Habana, Editora Política,
2000.]