Alicia Alonso tiene en su haber un relevante trabajo en la creación
coreográfica, que se ha caracterizado por la diversidad temática
y formal.
Su actividad en este campo se inició con La condesita, comedia-ballet,
con música
de Joaquín Nin, que tuvo su estreno en 1942 en el Teatro
Auditorium de La Habana.
Ese mismo año se inspiró en una obra de Pirandello
para el montaje de La tinaja, una arlequinada estrenada por la Asociación
Teatral La Silva.
Ensayo sinfónico, inspirado en música de Brahms, fue
un ejercicio neoclásico de gran aliento que la coreógrafa
creó para el Ballet Nacional de Cuba en 1950, y que el American
Ballet Theatre, en Nueva York, incluyó en su repertorio el
año siguiente.
A esta obra siguió un ballet de tema psicológico titulado
Lydia, con música de Francisco A. Nugué, estrenado
en 1951, y cuyo papel protagonista fue además uno de sus
grandes personajes como intérprete.
También fue idéntico su éxito como coreógrafa
e intérprete en El pillete, en 1952, con música de
Jean Sibelius. En 1967 tuvo su estreno El circo, con música
compuesta especialmente por Enrique González-Mántici,
obra que se mantuvo varios años en el repertorio del Ballet
Nacional de Cuba. Un hito en la creación coreográfica
cubana fue, en 1978, su ballet Génesis, realizado en un trabajo
conjunto con el compositor italiano Luigi Nono y el artista plástico
venezolano Jesús Soto. Este título, de original temática,
caracterizado por su audacia formal, constituyó uno de los
éxitos del Ballet Nacional de Cuba en la gira realizada ese
año por los Estados Unidos. De 1980 data el ballet Misión
Korad, obra que tiene como base literaria una obra del género
de ciencia-ficción. En 1987, tuvo a su cargo la coreografía
y la dirección escénica de la ópera El caminante,
del compositor cubano Eduardo Sánchez de Fuentes, presentada
en el Festival Internacional de Arte Lírico de La Habana.
En 1990, la coreógrafa estrenó los ballets Pretextos,
con música de
Claude Marbehant, y Sinfonía de Gottschalk, sobre la sinfonía
Noche de los trópicos, del compositor norteamericano Louis
Moreau Gottschalk; ambas obras exploran ampliamente las posibilidades
del Cuerpo de Baile y, en especial la segunda, hasta el presente
constituye una magnífica carta de presentación del
Ballet Nacional de Cuba. La trágica vida de Juana de Castilla,
sirvió de inspiración a la Alonso para su ballet Juana,
razón y amor, con música de Juan Piñera, estrenado
en 1993, el mismo año en que se produjo la representación
de El invierno, cuadro del espectáculo Las cuatro estaciones
que, sobre la música homónima de Antonio Vivaldi,
fuera presentado por el Ballet Nacional de Cuba en Madrid, y en
que participaron otros coreógrafos cubanos. El Vals de la
mariposa, una pieza de Ernesto Lecuona que el destacado músico
cubano dedicara a Anna Pávlova fue coreografiada también
en 1990 por la Alonso bajo el título de Retrato de un vals.
Dos nuevas obras de ese compositor fueron llevadas a escena por
la coreógrafa en 1995, con motivo de la función de
gala que ofreciera el Ballet Nacional de Cuba por el centenario
de Ernesto Lecuona: La commedia è danzata, sobre personajes
de la commedia dell´arte, e Irazú, rescate de una partitura
inédita del Maestro, que tiene como argumento una leyenda
indoamericana. Ese mismo año, se presentó su creación
Farfalla, con música de Piotr Ilich Chaikovski, obra incluida
en la gala coreográfica sobre la música del compositor
ruso representada por la compañía cubana en diversas
ciudades de Italia. Uno de los aspectos más notables de la
labor de Alicia Alonso como coreógrafa es su trabajo en la
recreación y montaje de clásicos del siglo XIX como
Giselle, El lago de los cisnes, La bella durmiente del
bosque, Cascanueces, Coppélia, Don Quijote, La fille mal
gardée y el Grand pas de quatre, obras por las cuales ha
recibido un amplio reconocimiento internacional.
Las versiones de esos famosos títulos, realizadas por Alicia
Alonso, están presentes no sólo en el repertorio del
Ballet Nacional de Cuba, sino también en otros importantes
conjuntos del mundo, como la Ópera de París, la Ópera
de Viena, la Scala de Milán, el Teatro San Carlo de Nápoles,
el Teatro Colón de Buenos Aires y la Ópera de Praga.
Significativa fue en su trayectoria la reconstrucción de
la obra Dido abandonada (1988), del coreógrafo del siglo
XVIII Gaspare Angiolini, por la cual la Bailarina obtuvo el Premio
de la Crítica en el Festival de Edimburgo, en 1991. En 1998
la coreógrafa estrenó su nueva versión integral
del clásico Cascanueces -una
coproducción del Ballet Nacional de Cuba y los Teatros Carlo
Felice, de Génova, y La Fenice, de Venecia-; y el ballet
Tula, coproducción del Ballet Nacional de Cuba, la Sociedad
General de Autores y Editores (SGAE) y la Fundación Autor.
En 1999 estrenó En las sombras de un vals, con música
de Joseph Strauss, y en el año 2000 realizó los estrenos
de Umbral, con música de Johann Christian Bach y Diálogo
a 4, inspirada en la música del compositor cubano Ignacio
Cervantes. Sus más recientes creaciones son Un viaje a la
Luna, comedia-ballet sobre una obra original de Carlo Goldoni y
el filme homónimo de Georges Mélies, con música
de Giuseppe Verdi; y Danzantes, obra para seis bailarines con música
de los compositores chinos Reng Guang y Huang Yijung, ambas puestas
en escena este año.