KIAAAAAAAAAAAAAAA!!!!!!!!!!!!!!!
Bruce Lee. Pregúntenle por Bruce Lee a cualquiera y ya verán qué les contestan. Los más veteranos dirán: “Pues era un fenómeno del cine de artes marciales. ¡Un monstruo!” Algunos más jóvenes responderán (léase con acento un tanto “macarrilla”) algo así como: “¿El “Bruse”? ¿El “Bruse”, colega? ¡El chinito era la hostia, tron! Yo era un crío y tal cuando sus pelis, pero me he pillao un fascículo de dos dvd del tío... y no veas cómo reparte el notas! Y eso que es un tirilla, ¿eh?”.

Y ambos tendrán razón. Bruce Lee era mucho con demasiado. Peleaba como un león enfurecido, maullaba como un gato dopado, tenía la agilidad de una cobra sanguinaria al atacar y siempre terminaba con el pecho o la cara rayados como por la garra de un oso psicópata.

¡Era un animal!

¡Esos gritos! ¡Esos saltos imposibles! Cuando murió, ya nada fue igual. Cierto que estaba (y está) Jackie Chan, que dicho sea de paso es otro “monstruo”... ¡o Jet Li!… pero no, Bruce Lee era el rey. Y es que, por si no os habéis dado cuenta, hoy la cosa va de artes marciales.

No sé cuantas películas de kung-fú, hapkido, kick boxing o kárate, he visto en mi vida. Porque... ¡anda que no hay para escoger! Pero escogeremos.  

Recuerdo, con especial cariño, aquellas de ninjas que andaban por encima del agua, lanzaban estrellas de metal, trepaban por los árboles que ni Spiderman y llevaban encima más cosas que una familia en su carrito de la compra, un sábado en Carrefour. Luego estaba el Steven Seagal, el Chuck Norris con su amplio abanico de patadas y su cara “estándar” para cuando tenía frío, estaba aterrado, enamorado o simplemente estreñido. “Misma cara, diferentes patadas”. ¡Ese era su lema! Aunque he de confesar que, el que durante un tiempo fue mi referencia en esto del cine de artes marciales, fue el ahora de capa caída, Jean Claude Van Damme.

Sus primeras películas, nos motivaron a algunos a empezar a entrenar y a otros... bueno, a otros les obligó a posponer su ingreso en el agitado mundo de los deportes de combate.

Rafa, además de un viejo amigo de la infancia, era un chico bastante normal y coherente... hasta que decidió que el sistema de entrenamiento de Van Damme en la mítica película Kickboxer... era el más idóneo para sus aspiraciones a guerrerro marcial. Supongo que, los que han visto esa peli, recuerdan la famosa escena en la que el belga es entrenado por un viejito vacilón que le obliga a patear un platanero hasta que cae con la tibia destrozada y... (aquí voy a permitirme un juego de palabras, que se me antoja estupendo)... ¡caliente! ¡La tibia caliente! ¿Lo pilláis? Tibia de hueso y de... en fin... que el Van Damme, tras muchos dolorosos intentos, termina destrozando el árbol en cuestión. Bestial. Y ¿cómo no? Rafa asumió que si un belga podía hacerlo, un mulato cubano, de abuela canario para más señas... también.

Por poco se nos va..

Pasábamos unos amigos, frente a su casa, cuando oímos los gritos de dolor desde el patio trasero. Dimos la vuelta... y allí estaba. Tirado en el suelo, aterrorizando al vecindario con sus alaridos y agarrándose la pierna derecha (éste era el miembro implicado) con ambas manos. Mientras le transportábamos a su habitación, para luego llamar a su madre al trabajo, todos coincidimos en que, si bien no había derribado el impresionante árbol contra el que con tanto entusiasmo había arremetido... su gesto de dolor y su forma de retorcerse en nuestras manos eran clavaditas a la de Van Damme en Kickboxer. Nos pareció que apuntaba maneras y así se lo hicimos saber. Esto le calmó un poco. Incluso sonrió.

Pero no escarmentó.

Al mes, volvió a las andadas aunque en esta ocasión no golpeó nada. Esta vez decidió que nada de pataditas a árboles y sucedáneos. Eso era para locos e inexpertos. Rafa optó por abrirse de piernas, con la misma elasticidad y elegancia que el Jean Claude en sus películas. Pero fíjense que he dicho COMO Van Damme... o sea, sin calentamiento, ni tonturas de esas. A capella. ¿Que me quiero abrir de piernas? ¡Pues, vamos ya! Hasta que el suelo nos detenga.

Bueno, cuando el hermano de Rafa y yo llegamos a urgencias del hospital más cercano con el susodicho en brazos, el personal médico no salía de su asombro y nos observaban aterrados, mientras llevábamos en volandas a un flaco espigado que no podía cerrar las piernas, debido a una fortísima contractura muscular, y que presentaba un inquietante aspecto de compás humano. De reojo, les podía ver haciendo la señal de la cruz. Imagino que asociaron a mi amigo, su anómalo posicionamiento corporal y su cara desencajada ante la perspectiva de pasarse toda una vida caminando por la Habana Vieja usando una acera para él solito... con algún caso similar al de Emily Rose... ya saben... la del exorcismo.

Pero a fuerza de ser honestos, he de admitir que ni siquiera yo escapé a los “efectos marciales” de este género de cine. El presupuesto de mercromina (“mercuro cromo”, por si hay algún cubano por ahí) de mi hogar se elevó considerablemente cuando comprobé que era lo mejor para imitar los arañazos de Bruce Lee. Y como siempre fui un niñito noble y con espíritu de comunidad... pues compartía con mis amiguitos mi descubrimiento. La gente de mi barrio empezó a asustarse y se presentaron en la comisaría más cercana para denunciar al diabólico ser que marcaba a sus retoños sin compasión ninguna. Una suerte de Freddy Kruger cubano, vamos.

Y es que, aunque tengamos a Keanu Reeves haciendo cositas mil en Matrix, a Wesley Snape en Blade, sopapeando vampiros a base de bien... ya no es lo mismo. No te motivan. Yo, desde luego, no pienso volver a llenarme la boca con una mezcla de mercromina y agua para que un amigo me golpee y así soltar un chorro de “sangre” como en las pelis de artes marciales.

Igual mi mujer no lo entiende.




Madrid, 24 de Marzo de 2006.

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