LAS SERIES ME LAS TOMO EN SERIO

Para empezar, yo que ustedes subía el volumen de los altavoces del PC. Y bueno, una vez dicho esto... ¡al tajo!

Verán, desde que tengo uso de razón, la palabra “serie” ha significado sólo una cosa para mí. Historias. Buenas o malas, pero historias al fin y al cabo. Por supuesto que pienso igual que millones de personas en este mundo nuestro. Todo el mundo tiene una serie favorita... o series favoritas. Desde aquella de Batman en la que salía el famoso superhéroe dando leches a los villanos y las onomatopeyas de los golpes saliendo en plena pantalla, hasta la muy reciente Perdidos con su isla misteriosa y sus sucesos extraños. 

Miami Vice, Starsky & Hutch, Colombo... miles de series nos han deleitado con historias creíbles o increíbles a lo largo de nuestra vida... pero también nos han marcado. Y eso hay que asumirlo.

Empezaré hablando de una serie de dibujos animados, que hay que ser de Plutón como mínimo para no recordarla. Me refiero a Mazinger Z. ¡¡¡PUÑOS FUERAAAAAA!!!! ¿Quién no recuerda a aquel inmenso robot y a su aguerrido piloto que salvaban el mundo todos los días? ¡Ni puentes, ni festivos, ni domingos, ni na!¡Vigilante siempre! ¿Que el Barón Ashler viene con 2 robots malvados? Dale un toque a Koji Kabuto y que se ponga las pilas que hay movidita en Tokio.

¿Que al Doctor Infierno le dio el punto y viene con mazo de maquinejas mecánicas y tal? ¡¡¡Koji... deja el sudoku y baja que los locos estos se cargan el laboratorio!!!  

Un robot luchador, unos monstruos a su altura y unos buenos dibujos. Nada que fuera a traumatizar a un niño de 9 años, que era mi edad en la época en que conocí de la existencia de Mazinger. Nada raro, excepto una cosa.

Afrodita y sus pechos.

Quitando su aspecto robótico, metálico y frío, el robot femenino de la serie era clavadito a una conocida de mis padres por más señas de nombre Sandra. Y cuando comprobé este parecido, mi mente de crío hizo una pirueta mental. ¿Sería capaz esta amiga de la familia de imitar a Afrodita y no sólo en el parecido? Podría esta buena señora hacer lo de... ya saben... sí tíos lo de... ¡vale!, lo digo... ¡PECHOS FUERAAAA! A mí particularmente me daba el pálpito de que sí y fue un verdadero calvario infantil el tratar por todos los medios de no ponerme nunca frente a ella... y mucho menos dejar que me abrazara. ¿Y si por accidente se le disparaba uno? ¿Dondé iría yo a parar? ¿Volvería a ver a mi familia? ¿Cómo luciría Sandra con un solo pecho por la calle mientras le buscaban otro para ponerle? ¡Diosssssss! Por suerte, crecí y se me quitó el miedo a Sandra y a los pechos en general. De hecho hoy día...

Bueno, a lo que iba. Las series marcan a sus seguidores. Es un fenómeno totalmente asumible ya que entran en nuestros hogares y en la calma de ese salón calentito, ese sofá comodísimo... dejamos volar nuestra imaginación.

Tengo un amiguete que es tan fan de Expediente X que el tío, cuando alguien le llamaba por teléfono, respondía “Aquí Mulder”. Perdió como dos trabajos por la gracia. Le llamaban para una entrevista y al oír aquello pensaban “Como que va a ser que no”. Normal. Y encima, se llama Jesús y en el barrio le dicen Papolo. Y si hubiese parado ahí su afición por la famosa serie...pero no. Se hizo una identificación parecida a la del personaje de Fox Mulder, logró que su novia se tiñera el pelo de rojo, como Scully, y ya le pararon los pies en casa cuando quería que su abuelo, un respetable y apacible anciano de 84 años, con un indiscutible parecido al personaje de El Fumador (s,í ese que metía cigarrillos pal´ cuerpo por toneladas) se fumara 4 cajetillas de Ducados sin filtro, por aquello del realismo. Su madre le dijo que, o volvía al redil o le propinaría un golpe extremadamente fuerte, motivo por el que se le iban a quedar algo tocados los canales auditivos. Vamos, que o se dejaba de memeces o del guantazo se quedaba sordo.”

Pero no crean que esto del fenómeno “fan letal de series de tv” es patrimonio únicamente de niños y adolescentes... ¡¡¡¡naaaaaaa!!!! Le puede pasar a cualquiera. El del bar que tengo frente a casa me contó que en su portal vivía un primo suyo al que se le unieron la crisis de los 40 y una afición desmedida por Friends. Al hombre en cuestión, soltero de profesión, se le vino el mundo encima el día de su cumpleaños y, tras un maratón de 8 horas seguidas viendo Friends no se le ocurrió otra cosa que tratar de reunir una panda parecida a la de la serie en su edificio.

No voy a entrar en los métodos que usó para lograr su objetivo, pero sí hablaré de resultados. Para empezar, el albañil del cuarto al que le colgó el nombre de Joey le tiró un día por las escaleras al grito de “¡ME LLAMO GENARO, LECHES!”. La viejita, a la que trataba de “coleguita” y con la que se tomó ciertas confianzas que la venerable anciana no admitió... le arrinconó una noche, en compañía de un par de amigas, en el hueco de la escalera y le dejaron bien claro, a base de bastonazos, que la mujer en cuestión no se llamaba Phoebe y que jamás le daría un masaje. También le insistió, bastonazos mediante, para que dejara en paz a su sobrina que, dicho sea de paso, con sus 98 kilos de peso, su pelo cortado a lo Teniente O´neill y su mirada de Robert de Niro en “El Cabo del Miedo”...era lo menos parecido al personaje de Rachel.

Quisiera obviar el resto, pero creo que callarme que al sobrino del madero del 4º A le soltó, en plena junta de vecinos, que sentía lo de su mujer lesbiana mientras le ponía una consoladora mano en el hombro y le llamaba Ross... no es justo. Y menos me guardaré para mí lo de la declaración de amor a la sorda del Bajo C y delante de cuya puerta proclamaba a berrido limpio “¡¡¡MÓNICA, SIEMPRE TE AMARÉ!!!”...mientras a lo lejos se oían las sirenas de dos coches policiales.

Y yo con estos pelos...




Madrid, 16 de Enero de 2006.

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