TE RETO
Paseaba hace unos días por el Rastro y me detuve delante de un anciano que, en una manta, exponía algunos libros viejos, un par de trenes de hace, como mínimo, 797 años, un móvil que tenía toda la pinta de ser precolombino y algunas películas en VHS.

Estaba a punto de marcharme, ya que no me interesaban ninguno de los libros que el buen hombre vendía, cuando de refilón le eché un vistazo a las películas que se encontraban entre los trenes antiguos y el móvil precolombino. Y casi me da algo. Y es que de las tres películas que en aquella manta esperaban ser canjeadas por euros, en una fría y deshumanizada transacción, se encontraba nada más y nada menos que ….¡BREAKDANCE! Con su carátula descolorida por el tiempo pero…

¡Breakdance, señoras y señores!

Ciertamente dicho así, no significa nada para muchos, pero para los que como yo, que cuento con unos espléndidos 34 años (me echo mi cremita para la cara, como verduritas, no fumo…) vivieron en los 80 la furia del breakdance… seguro lo entenderán sin mucho esfuerzo.

Yo, nacido y criado en un humilde barrio de la Habana Vieja, allá en mi Cuba natal, viví con fervor aquella ola de movimientos robóticos, espasmódicos y demenciales que trajo consigo el “breke” como se le bautizó rápidamente en Cuba. Cada vez que podía ensayaba mi “técnica” en la calle, en un parque, en casa de algún conocido, en mi casa; pero mi madre, tan sobreprotectora ella (y tan fuera de onda) cuando me vió moverme la primera vez al ritmo de aquella música tremenda, quiso salir corriendo conmigo para el hospital pensando que me había electrocutado. Su susto adquirió proporciones apocalípticas al ver también a dos amiguitos míos bailando “breke” en la esquina del barrio. Tras abanicarla un buen rato, darle su correspondiente jarra de tila (un vasito no sirvió para nada) y mimarla un poco, dejé a mi padre convenciéndola de que no habíamos pisado ningún cable de alto voltaje y mucho menos metido los dedos en los deteriorados enchufes de nuestras vetustas y coloniales viviendas.

Y es que el Breakdance no dejaba indiferente a nadie. Creo que fue por el año 84 cuando llegó a Cuba en forma de sendos vídeos que pasaron por la TV. Recuerdo que nos quedamos locos viendo cómo aquellos “americanitos” se movían al ritmo frenético de “Rock it”, de Herbie Hanckcok. La canción posteriormente sería bautizada como “La Taquicardia” y a su autor se le “habanizaría” el nombre dejándoselo en “El Bijanco”, lo que tampoco estaba mal.

Pero centrémonos, que soy Géminis y me disperso. El caso es que aquel baile había llegado para quedarse. Enseguida alguien consiguió una película con un pariente, otro un espectáculo y aquél algunos videos, pero sobre todo lo que trajo el breakdance fueron retos.

El que recuerde aquellas “pelis” sabe que siempre había un par de bandas; unos vestidos de rojo y otros de azul y que frecuentemente chocaban entre ellos y en vez de resolverlo todo a tiros o navajazos… bailaban. Unos contra otros. Esos eran los famosos retos. Y nosotros, allí en la calurosa Habana, decidimos que no podíamos ser menos que aquellos neoyorkinos (“nuyorquinos” si lo decías dentro de los límites de mi barrio) y tuvimos nuestros retos… ¡Vaya que si los tuvimos!

Íbamos vestidos como payasos porque comprar aquellos chandals en La Habana de los 80 era como querer marcar un número de teléfono con la oreja. O sea, cada cual traía de su casa lo que podía. Desde algún pijama de satén del padre a algún pañuelo que la madre reservaba para ocasiones especiales y que ahora cubría, al estilo pirata, la cabeza de cualquiera de mis conocidos… Ah, y no podía faltar el mítico guante al estilo Michael Jackson en la mano derecha, creo recordar, y que servía para darnos ese toque “sabroso” y “brekero” que se llevaba. Tenía un vecino que vivía al lado de mi casa y que se sentaba a fumarse un cigarro en su puerta todas las tardes. Este hombre, que respondía al nombre de Luis, era un vacilón de cuidado y cada vez que nos veía pasar nos decía: “¡Ahí va el circo de Pipo y sus muchachitos!”… y se partía de la risa… por cierto, Pipo era el mote que tenía su hijo, el mayor de la pandilla .

Pero éramos “breakdancers” o “brekeros”... ¡que más daba!... no conocíamos el miedo y amábamos el peligro. Íbamos de barrio en barrio “retando” a cuanto chiquillo veíamos disfrazado como nosotros. Otras veces nos iban a retar a nuestra zona. Desde luego era tremendamente emocionante, sobre todo cuando estabas en casa tranquilo y un amigo tuyo se paraba en la puerta sofocado y te decía entre jadeos e hipidos: “…¡hay…un…reto…en…el …barrio…de Tito…!” Chico, salía uno corriendo, con su pañuelo en la cabeza, el guante en la derecha y unas ganas tremendas de defender los colores de ese chándal que no llevabas, pero que te imaginabas puesto.

Lo malo de esas carreras es que se prestaban a malentendidos como aquella fatídica tarde en que me entretenía en escupir a todo el que pasaba por debajo del balcón de casa de mi abuela, cuando oí que desde la esquina me gritan que había reto en una zona cercana. Ni corto ni perezoso bajé a mil por hora… para encontrarme a mis amigos tratando de convencer a dos viejitas de mi calle de que lo que ellos decían era que “había reto”; no que había venta de “aniceto”; producto éste mezcla de la sordera de ambas mujeres y de una vil jugada de su subconsciente que les hacía imaginar mil y una cosas absurdas para comprar.

Fue desmoralizador el llegar al sitio donde el reto tendría lugar, seguido por aquellas endiabladas y más que atléticas ancianas que iban detrás de nosotros sin dejar de gritar como cabras enajenadas: “Cabrones, dígan dónde es que venden el aniceto! ¡Queremos aniceto!”. Las carcajadas con que fuimos acogidos por nuestros “enemigos” aún resuenan en mis oídos.

Aquel fue mi último reto.

Mis amigos siguieron durante un tiempo con ellos; sin embargo yo, que tengo un sentido del ridículo muy acusado, lo dejé correr y con el tiempo me olvidé del tema. Luego vino el instituto, la lambada… en fin, que uno madura. Pero muchos años después, al fijar mi mirada en aquella desgastada película en El Rastro de mi querida Madrid, volvieron a mí, con una tremenda fuerza evocadora, aquellos momentos en los que un chico blanquito, pecosito y de ojos claros recorría las viejas calles de su querido barrio habanero en compañía de otros “mataperros” tan pintorescos como él, en busca de un reto.

 




Madrid 3 de octubre de 2005.

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